Opinión

Catalejo

La consulta y su resultado

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Como es nuestra consabida costumbre, los guatemaltecos hemos dejado para la última hora el tema de Belice. La consulta se encuentra a 48 horas de distancia y la multiplicidad de opiniones y de criterios a este respecto han causado el aumento del interés en aquellos sectores ciudadanos para los cuales hay voluntad y capacidad de entender por qué y para qué se irá a apoyar el Sí o el No. Un par de asuntos me han llamado la atención: uno, los cálculos de algún analista acerca de la exigua participación del ocho o nueve por ciento de los votantes. Dos, el creciente convencimiento de tratarse de una acción puramente emotiva, aunque la Historia le dé la razón a Guatemala, porque política —especialmente— no se  obtiene lo merecido, sino lo negociado.

Hay realidades imposibles de negar. La geografía es un obstáculo, así como el mal estado de las carreteras y el gasto implícito en el acto de votar esta vez. Irse en el carro de la capital a un centro de votación situado a pocas cuadras y minutos de distancia no es lo mismo a tomar una camioneta en alguna aldea lejana montañosa para ir al municipio a hacerlo, o —como es el caso de Lívingston— subir a una tiburonera para cruzar todo el Río Dulce, pagar seis o siete galones de gasolina para transportar a diez personas, llevar dinero para comprar un pan con algo y navegar unas cinco horas bajo el sol o bajo el agua. Son ejemplos talvez extremos, pero en todo el país habrá casos de dificultad de transporte, aunque haya cercanía a los centros urbanos.

Los votantes, en un altísimo porcentaje, votarán por el Sí porque piensan hacer en esa forma un beneficio para el país. Ciertamente, se puede interpretar de esa manera, pero el problema será la triste inutilidad práctica de hacerlo. Los beliceños, vale la pena repetir, fueron astutos para no aceptar hacer esa consulta en forma simultánea con Guatemala, y entonces, como ya dijeron, se reservarán la fecha. Esto les compra tiempo: puede ser el año entrante o cualquier otro, mientras la propaganda hecha en nuestro país no ha mencionado este asunto, ni tampoco la formidable fuerza otorgada a Belice por la Comunidad Británica de Naciones, el desinterés de Centroamérica, Europa, Estados Unidos, etcétera, pero la sempiterna actividad oculta de Gran Bretaña.

El resultado, por esas causas, de ganar el Sí será una victoria moral. No por ello se debe dejar de votar por el Sí, porque también es indispensable cerrar hasta donde se pueda la posibilidad de más consultas populares próximas en búsqueda de una conformidad de ambas partes. Es igualmente triste señalar, pero resulta cierto: a los beliceños no les interesa tener más relaciones con Guatemala, además de las ya existentes con países vecinos, sobre todo luego de la forma torpe como actuó Jorge Serrano en su momento, y en especial su canciller, el bachiller Álvaro Arzú, con quien la cancillería británica, el poder detrás del telón, jugó como quiso, con el efecto peor de causarle un mal irreparable a Guatemala, de por sí crucificada por otros gobiernos y cancillerías.

La consulta, entonces, se vuelve una especie de apuesta sobre el porcentaje de guatemaltecos participantes. Irónicamente, no se puede hablar de una derrota para el país, porque ya está derrotado desde el régimen serranista. Si vence el No, una posibilidad a la cual no se le puede descartar, será porque el porcentaje de participación será mínimo, entre las personas de determinado nivel cultural-educativo, y sobre todo interesados en darle fin de una vez por todas a este asunto de dos siglos de permanencia. El caso de Belice es el resultado de la posición británica hace 200 años, cuando necesitaba tener bases para su flota, y España no tuvo en realidad la visión necesaria, así como tampoco la tuvieron los gobiernos de la incipiente república nacida realmente a la vida internacional en 1847.