Opinión

A contraluz

La estructura oligárquica detrás del fraude en Honduras

Haroldo Shetemul

Haroldo Shetemul

La crisis política en Honduras está lejos de amainar. Pese a la solicitud de OEA de que se efectúen nuevas elecciones debido a las graves irregularidades detectadas en los comicios, todo parece indicar que Juan Orlando Hernández se mantendrá en la Presidencia. Una de las pocas felicitaciones que han llegado a Tegucigalpa provino de la cancillería guatemalteca, con lo cual se ratificaba el patinazo del presidente Jimmy Morales de haber dado sus congratulaciones al catracho cuando apenas comenzaba el conteo de votos el 26 de noviembre.  En Honduras no es solo un problema de violación flagrante de un proceso democrático. Tras el fraude electoral se encuentra todo un andamiaje de poder político y económico que no cede ningún espacio a expresiones partidarias que puedan afectar los privilegios de que goza la oligarquía local.

Al igual que Guatemala y El Salvador, el sacrosanto Triángulo Norte de Centroamérica, Honduras está bajo el control de un puñado de familias que domina la economía y decide quiénes son los que gobiernan de un rancio bipartidismo, conservadores y liberales, que representa sus intereses. En el 2006, el liberal Manuel Zelaya llegó a la presidencia con la bendición de esas familias porque provenía del sector latifundista. Sin embargo, su retórica izquierdista lo convirtió en paria de las clases dominantes y por eso, cuando intentó prolongar su presidencia por la vía de un plebiscito, fue objeto de un golpe de Estado y en pijama fue enviado a Costa Rica.

En el vecino país dicen que los “turcos” controlan la economía. En realidad es un término incorrecto por el cual se refieren al grupo de familias de origen árabe-palestino y judío que se asentó a finales del siglo XIX y principios del XX. Se trataba de emigrantes sin mayor instrucción, que hicieron fortuna en un país empobrecido y luego enviaron a sus hijos a estudiar en las mejores universidades de Estados Unidos y esa nueva generación es la que se encuentra ahora en lo más alto del poder. Apellidos como Facussé, Larach, Nasser, Kafie, Canahuati , Atala, Ferrari, Goldstein y Rosenthal están al frente del comercio, banca, telecomunicaciones, aeropuertos, cementeras, construcción, alimentación, turismo y medios de comunicación, entre otras áreas.

La existencia del bipartidismo le permitió a esta oligarquía demostrar la ficción de tener alternancia en el poder. Tal estructura omnímoda se consolidó aún más cuando Estados Unidos utilizó a Honduras como un enorme portaaviones para lanzar la contrarrevolución contra el gobierno sandinista, en los años ochenta. La clase dominante hondureña entendió que no debía ensayar nuevos modelos sociopolíticos y económicos que pusieran en peligro sus privilegios. Eso lo demostró con el golpe de Estado del 28 de junio del 2009, cuando los clanes pactaron la salida de Zelaya por sus vínculos con el chavismo venezolano. Es más, entre la clase política catracha es un secreto a voces la manipulación de las actas electorales en las elecciones del 2013, cuando el partido Libre impulsó la candidatura de Xiomara Castro, esposa de Zelaya.

Esa misma estructura oligárquica habría dado el visto bueno para la reelección de Juan Orlando Hernández frente al peligro que representaba Salvador Nasralla de llevar a la izquierda al poder. El sector privado guardó silencio cuando la Sala de lo Constitucional derogó el artículo 239 de la carta magna, con carácter de pétreo, para permitir la reelección presidencial, pese a que el ordenamiento jurídico demandaba una consulta popular. Después vino la falla del sistema de cómputo del Tribunal Supremo Electoral, y de la noche a la mañana el presidente Hernández se quedó con el triunfo. No importó que el fraude fuera evidente, con tal de preservar el añejo anillo de poder oligárquico.

@hshetemul