Opinión

Tiempo y destino

La filosofía impropia de las noticias “malas”

Luis Morales Chúa

Luis Morales Chúa

Es  inocultable la existencia de dos  barcos idiomáticos, permanentemente en guerra. En uno navega  el pensamiento de algunos funcionarios poderosos,  y en el otro el contingente de  letras del periodismo independiente. Y así   es en casi todos los países.

El periodismo de los Estados Unidos, hoy, es objeto de cañonazos provenientes del barco del presidente de ese país. Lo califica como fuente de mentiras. Y el periodismo le responde publicando noticias y comentarios según los cuales es el presidente quien no dice la verdad. Pero, no es solo en ese gran país donde hay constantemente un choque de opiniones. Ha ocurrido no hace mucho tiempo en los Estados Unidos Mexicanos, donde el presidente Enrique Peña Nieto, en un acto público, expresó lo siguiente: “Desde su posición número 12 como productor de alimentos en el mundo, México recibirá este año 30 mil millones de dólares por agroexportaciones. Pero estos logros del país no se registran de manera suficiente, porque las malas noticias se venden solas; las buenas noticias, que poco se cuentan, no se venden tan fácilmente”. (Las cursivas son mías).

La palabra vender equivale, en el caso citado, a divulgar. Y la idea de la existencia de noticias buenas y noticias malas, es una filosofía impropia e inviable, pues todo depende del barco idiomático en que se navegue. Si en un partido de fútbol el equipo Barcelona derrota al Real Madrid, la noticia es mala para los partidarios de uno de esos equipos y muy buena para los del otro. Y eso mismo sucede en noticias relacionadas con la función pública. Para algunos funcionarios guatemaltecos las investigaciones de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala generan noticias malas. Pero, para gran parte de la opinión pública nacional e internacional esas noticias son fenomenalmente buenas.

No entra en cuenta en estas consideraciones la opinión según la cual todo lo oficial es odioso, hasta el noviazgo, porque este suele ser un argumento político de la oposición. Y el periodismo no es, en modo alguno, una oposición a los gobernantes ni al Gobierno. Es el ejercicio pleno de uno de los derechos contemplados en el Derecho positivo vigente.

Ninguna persona podrá ser perseguida ni molestada por sus opiniones o por actos que no impliquen infracción a la misma. (Artículo 5 de la Constitución). No constituyen delito o falta las publicaciones que contengan denuncias, críticas o imputaciones contra funcionarios o empleados públicos por actos efectuados en el ejercicio de sus cargos. (Artículo 35 de la Constitución). Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección. (Artículo 13, de la Convención Americana sobre Derechos Humanos).

Y más citas con el mismo sentido pueden ser encontradas en numerosos textos legales y estudios doctrinarios sobre la materia, en todo el mundo. Pero, es innecesario reproducirlas.

Lo que ningún funcionario debe olvidar es que en tanto su paso por el poder es breve, el del periodismo es permanente. Y este poder de opinar es tan bueno y saludable que algunos funcionarios, cuando salen de la órbita del poder político, buscan abrigo en los medios de comunicación (antes odiados por ellos) para opinar y, óigase bien, denostar contra los nuevos funcionarios. Entonces, las noticias malas son su cóctel favorito.