Opinión

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La justicia que estamos aprendiendo

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

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Justicia

Hay tensión, pero también indicios de cambios profundos en el sistema de justicia guatemalteco. Casos como el del Comando Regional de Entrenamiento de Operaciones de Mantenimiento de Paz (Creompaz) y el de Marco Antonio Molina Theissen, desaparecido en 1981, a los 14 años, nos están enseñando a ver la justicia de otra manera. Y digo justicia, porque todo está pasando en los tribunales y porque, si fuera venganza, los responsables de los hechos estarían padeciendo lo mismo que ellos hicieron u ordenaron hacer.

Ni el mismo diputado oficialista Édgar Ovalle (implicado en el Caso Creompaz) creyó, en algún momento, que el pleno de magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) daría trámite a la solicitud de antejuicio contra él. Y podría decir que, con el mismo asombro, han sido ligados a procesos judiciales varios políticos, empresarios y militares que formaban parte de la camarilla de intocables en el país. Algo se está moviendo.

Hablaré un poco del proceso que se está viviendo en el caso Molina Theissen y de los hechos que evidencian algunas transformaciones en nuestro sistema de justicia. Cuando detuvieron ilegalmente a Marco Antonio, en 1981, sus padres presentaron cinco hábeas corpus a la CSJ. Nada se logró entonces. Sin embargo, en enero del 2016, aunque 35 años tarde, cuatro militares de alto rango fueron ligados a proceso por el caso, y aún siguen así: Manuel Antonio Callejas, Francisco Luis Gordillo, Ediberto Letona Linares y Hugo Ramiro Zaldaña. Ni siquiera la figura de amnistía los amparó esta vez. Incluso Benedicto Lucas García fue citado recientemente a una audiencia de primera declaración en el marco de este caso y podría ser ligado a proceso. En esa audiencia, el juez resolvió que la violencia sexual es un crimen de lesa humanidad, imprescriptible y no amnistiable. Eso, porque también se ventila en el contexto de este caso el secuestro, tortura y violación de la hermana mayor, Emma Molina Theissen, por el cual se implica a Lucas García cuando era jefe del Estado Mayor de la Defensa.

La nueva justicia nos está pidiendo procesos fuera de marcos estrechos como el del “enemigo interno”, regidos por las convenciones de los catecismos ideológicos de la guerra. Nos merecemos procesos en los cuales, hombres y mujeres que enfrenten la justicia, asuman su papel histórico de otra manera. En ese sentido, debo decir que las declaraciones de Benedicto Lucas García y los aportes de su hijo-abogado fueron distintas. Lucas García fue frontal y hasta crítico hacia personas y situaciones de la institución armada, y no negó todo disciplinadamente, lo cual aporta a debates más limpios y eleva la sustancia de los intercambios. Él se desmarca del conocido dictado militar del yo encubro, tú encubres, todos encubrimos. Dijo cosas como que “no se llevaba con Chupina”, que “siempre pidió que no se tocara a la población no combatiente”, o que “los planes de campaña posteriores fueron un fracaso”. Sea que lo dijo porque hay evidencias suficientes e incuestionables que lo incriminan, sea por el momento histórico que vivimos, sea porque es un poco distinto, esto es parte de una historia construida de otra manera, lo cual no implica dejar de reconocer su participación en aquel proyecto criminal.

Transitamos entre instituciones democráticas saqueadas y debilitadas, nuestro voto está devaluado, pero la justicia está siendo un poco más justa. Frente a todo, está esa paciente, fuerte y hermosa madre de los Molina Theissen, quien formó a tres hijas críticas, perseverantes, y con gran capacidad de representar la mejor y más justa conciencia de Guatemala. Y todas nos recuerdan —día a día— aquella frase de Eduardo Couture cuando dijo: “El día en que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia”.

cescobarsarti@gmail.com