Opinión

Eclipse

La madre con un puñal clavado en el corazón

Ileana Alamilla

Ileana Alamilla

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Desigualdad de género

En esta época, cuando se desborda el fervor cristiano, deberíamos aprovechar para reafirmar principios y valores que se han fugado de nuestro entorno y tratar de que de las cenizas en que estamos convirtiendo a Guatemala emerja una nueva realidad, nuevas formas de relacionarnos, de comportarnos, de asumir nuestras responsabilidades y decidir, de una vez por todas, revertir lo que estamos padeciendo.

Tenemos una tradición incomparable en el mundo, las procesiones, en donde los católicos imprimen una creatividad multicolor en las alfombras que se elaboran para recibir el paso de las andas y de las imágenes. Miles de personas acuden a presenciar tan impactante evento, que rememora la historia de un hombre que vino a demostrar el amor por sus semejantes, al grado de llegar hasta el sacrificio supremo. Otros conmemoran de diferentes maneras esta época.

Acompañando siempre a ese ser extraordinario va siempre su madre, quien, con un puñal en el corazón, tuvo que presenciar el viacrucis por el que pasó su amado hijo. La acompaña Magdalena, una mujer maravillosa, la principal discípula de Jesucristo, quien descubrió que no estaba en la tumba, no tuvo miedo y no dudó ante el milagro.

Millones de mujeres guatemaltecas viven permanentemente en ese estado de angustia y dolor por la situación dramática de su existencia, debido a la voracidad del sistema impuesto, a la falta de voluntad y decisión de los que tienen el poder de cambiarlo y la ausencia de sensibilidad de una sociedad que ha permanecido indiferente a su sufrimiento.

A muchas les dura poco la existencia, las muertes maternas se las llevan. Una muestra evidente de la desigualdad y la inequidad. Viven alejadas del “desarrollo”, no tienen cerca un centro de salud, ni médicos; cuando el trabajo de parto se complica y la comadrona indica que hay que acudir a un hospital, deben esperar la autorización del marido para decidir. Y luego no hay transporte o no hay dinero para el traslado, que puede tomar horas. A veces ya es muy tarde.

Otras sufren por sus seres queridos. Los más cercanos, sus pequeños hijos, desnutridos y sin futuro y con la certeza de que algunas o algunos van a morir antes de llegar a los 5 años.

La violencia es otro doloroso puñal que llevan clavado en el corazón muchas de mis congéneres. Se han quedado viudas y más desamparadas. Les han matado a sus hijos, estado que no puede ni siquiera ser nombrado, es inimaginable perder a un ser tan amado. Ellas mismas son víctimas constantes de los criminales, especialmente las que viven en áreas denominadas rojas.

Las hay que han caído en drogas y en delincuencia o son sexoservidoras. Son vilipendiadas y estigmatizadas sin considerar las condiciones que las han llevado a esos extremos. No conocemos sus historias de marginalidad y falta de oportunidades, de una vida llena de violencia doméstica o sexual y en permanente riesgo. Cuando son llevadas a prisión con sus pequeños hijos, en el cautiverio siguen enfrentando la adversidad, carecen de todo.

Millones pasan hambre y frío, madrugan y trabajan hasta el agotamiento, ellas también están desnutridas, tienen las menores posibilidades de conseguir empleo, tienen baja escolaridad y no han recibido capacitación técnica.

Son estoicas y resilientes las guatemaltecas. Por eso las comparo con esa dolorosa que vio cómo su hijo tuvo que cargar el enorme peso de la cruz, cómo lo coronaron de espinas y lo asesinaron. Por supuesto que hay mujeres que no están en este desdichado escenario, aunque desafortunadamente son la minoría. Se impone la solidaridad de género entre nosotras.