Opinión

De mis Notas

La muralla tiene grietas

Alfred Kaltschmitt

Alfred Kaltschmitt

En alguna parte de nuestra historia, con el primer apareamiento corrupto que engendró la transacción ilícita y el negocio mal habido, se inició la misma grieta, que en no pocas veces ha derrumbado las murallas de la convivencia política y social de muchas sociedades.

La historia está repleta de ellas. Eras enteras con los mismos vestigios de esos yerros humanos. Muchos pensadores han filosofado sobre esta inclinación insana de abuso del poder y la violación del derecho individual y colectivo. Y si hay algún pensador que ha retratado las realidades de las sociedades corruptas fue Maquiavelo, al afirmar, muchos siglos atrás, que “es imposible que un pueblo corrupto establezca un buen gobierno, como también es imposible establecer la tiranía si prevalece la virtud”.

¿En cuál de los dos polos nos encontramos? ¿En el lado de aceptar que somos un pueblo en cuyas raíces culturales existe el ADN de la corrupción? Vestigios de aquellos aventureros de la vieja madre patria, igualmente ambiciosa, venida a estos lares como piratas a saquear y colonizar para el bien personal y nada más. O ahora, en una acción empujada por el péndulo de un pueblo justamente indignado, presionando a sus jueces para hacer cumplir lo que Karl Popper afirmaba de “necesitar del Estado para evitar el abuso de la libertad, pero también ejercitando el uso de la libertad para evitar el abuso del Estado…”

Intuyo que andamos por ahí deambulando una línea tenue y fina aprendiendo que se necesitan dos para hacer corrupción y que el asunto no es solo “no ser corrupto”, sino como lo señala Locke, que “también es corrupto aquel que ocupa un cargo público sin la menor intención de perfeccionarse en su arte o en gobernar y administrar justicia, sin mayor ambición que el dinero, el poder o el prestigio, creyendo ser honesto por no hacer ningún mal pero también ningún bien”.

En Guatemala, la cuestión no es solo una falta de ética. Es toda una patología inmoral enquistada en nuestra cultura, solo posible de erradicar mediante el poder coercitivo de la ley y la certeza del castigo. Luego, paulatinamente, con la toma de conciencia colectiva de que el crimen no paga, desarrollar como lo afirmaba Aristóteles, una conciencia en los servidores públicos que sus cargos son honores que hay que honrar mediante una conducta digna para el logro del bien común.

No son pocos los que han afirmado también que los ciudadanos somos como camaleones que tomamos el matiz y el color de nuestro carácter moral de aquellos que están alrededor de nosotros. Hablo de los que deben ser la brújula y el norte moral, especialmente la iglesia. Luego la academia, más enfocada en la dimensión ética y deontológica. Y por supuesto, los pensadores y formadores de opinión, que abrimos el debate y planteamos los dilemas para motivar la participación civil, seguir presionando por la limpieza del sistema democrático, republicano que vivimos.

La persecución penal contra exfuncionarios públicos y empresarios acusados de diversos delitos es una luz al final del túnel. Pero, ojo con tirar al bebé con todo y el agua en el afán de apresurar la limpieza, relegando a un lado la presunción de inocencia, alargando los procesos penales a costa de la libertad de los acusados. Las cárceles están repletas. La justicia no es vengativa y debe ser justa e imparcial. En tanto exista la presunción de inocencia, a aquellos que tienen una hoja de vida limpia debe otorgárseles medidas sustitutivas para que puedan defenderse de los cargos a ellos imputados.

Por último, tomemos conciencia de la importancia de no apresurar reformas constitucionales que puedan diluir los límites del poder desbalanceando los pesos y contrapesos de nuestro Estado republicano.

Eso sería fatal.

alfredkalt@gmail.com