Opinión

Aleph

La niñez y la clase política

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

¿Qué tiene que ver la niñez de Guatemala con el cisma político que Jimmy Morales, en su calidad de presidente, provocó a partir del 27 de agosto recién pasado, cuando declaró non grato a Iván Velásquez, símbolo de la lucha frontal contra la corrupción enquistada en el país? ¿Cómo se relaciona la dramática realidad de una gran parte de la niñez y adolescencia guatemaltecas, con los desmanes de los diputados y demás funcionarios corruptos que tienen secuestrado al Estado?

En la coyuntura del Día Internacional del Niño y la Niña, Jimmy Morales usó una frase de Franklin D. Roosevelt para recordarnos que: “No siempre se puede construir un futuro para nuestros niños y jóvenes, pero siempre podremos construir niños y jóvenes para el futuro”. Dijo, además, que los cambios que realmente hacen historia son los que se hacen desde los hogares cada día.

Cuando una persona entiende de qué habla, sabe que toda frase debe ser contextualizada y validada en el lugar y tiempo en los cuales se pronuncia. No es suficiente que la haya dicho un presidente estadounidense hace un siglo, en otro contexto, para que sea buena para Guatemala. Es más, fue el mismo Roosevelt (o su Secretario de Estado, según otras fuentes) quien dijo también aquella lapidaria frase: “Puede ser que Somoza sea un hijo de p..., pero es nuestro hijo de p...”. Otros tiempos, otras realidades, otros lenguajes. En fin, vuelvo a la declaración de Morales, que resulta ser muy desafortunada por tres razones: porque Guatemala es calificada como uno de los países del mundo con los indicadores más alarmantes en niñez y adolescencia; porque también estamos entre los primeros lugares planetarios de corrupción; y porque sin empleo, educación, justicia, salud, alimentación y techo no hay “hogares” posibles. Si un Estado no provee las condiciones idóneas para que se desarrollen las personas y las familias, no podemos asegurar que esos padres y madres que medio sobreviven, formen niñas y niños felices. Solo cuando las grandes políticas públicas se construyan con un enfoque de niñez y adolescencia cambiará realmente el rostro de Guatemala.

En esta intersección me quedo: en el punto de relación entre corrupción y niñez, porque lo cierto es que no se puede construir ningún futuro para nadie en un Estado secuestrado por corruptos y ladrones. Tal vez eso quiso decir Morales, pero tampoco podemos formar ciudadanos para el futuro en esas circunstancias. Icefi habló hace poco (conservadoramente) de pérdidas anuales aproximadas por corrupción de US$550 millones anuales en Guatemala, mientras que apenas se invierten US$0.73 centavos por niño/a diariamente. Esto se refleja en cifras proporcionadas por las mismas instancias del Estado relacionadas con niñez y adolescencia: del 2009 al 2016, bajó significativamente la tasa neta de cobertura educativa en todos los niveles; la desnutrición crónica sigue manteniendo la relación de uno de cada dos niños menores de 5 años en todo el territorio nacional; los nacimientos en niñas y adolescentes entre 10 y 17 años siguen dándose sin que nadie los pare; cada día en Guatemala mueren por violencia dos niñas, niños o adolescentes. Y esto no para allí, incluso hay cifras conservadoras de la última Encovi, sobre 800 mil niñas, niños y adolescentes trabajadores (cifras de otras instancias reportan hasta un millón 200 mil). Del hambre en adelante, considero que lo que viven millones de niñas y niños en Guatemala es tortura. ¿Y luego quieren hombres y mujeres “buenos” construyendo al país?

Y como nos gustan las frases, termino con esta: “Para destruir una nación no se requiere de bombas atómicas o misiles de largo alcance. Solo se necesita bajar el nivel de educación y permitir que se copie en los exámenes” (frase a la entrada de una universidad en Sudáfrica).

cescobarsarti@gmail.com