Opinión

Tierra nuestra

La pobreza mata: ¿y a quién le importa?

Manuel Villacorta

Manuel Villacorta

Hace algunos meses Iván Velásquez comisionado de la CICIG, expresó que el sistema de justicia de Guatemala fue creado precisamente para que no funcionara. En otra oportunidad recalcó que de 100 delitos que se comenten en el país, 95 quedan en la impunidad. Nadie que conozca Guatemala puede negar lo anterior. Precisamente por ello he argumentado que Guatemala es un Estado fallido para las mayorías de nuestro país, pero que es un modelo perfecto para las mafias seculares que han delinquido evadiendo impuestos, pagando salarios miserables y cooptando el Estado. Mafias que se han especializado en el tráfico ilegal de drogas, lavado de dinero y contrabando. La degradación de lo que pudo ser nuestro Estado de derecho y nuestro modelo económico nacional, ha permitido ciertamente el enriquecimiento ilícito y vertiginoso de una minoría inescrupulosa, mientras millones de guatemaltecos se debaten en una miseria aberrante e inaceptable.

Según el INE y otras instituciones internacionales, el 60% de la población nacional vive en pobreza o en pobreza extrema. Hay departamentos en occidente mayoritariamente indígenas en donde la pobreza y la pobreza extrema afectan a más del 70% de la población. El 80% de los niños y niñas guatemaltecas muestran algún grado de desnutrición, muchos de ellos, afectados por desnutrición crónica, lo que habrá de provocarles afecciones irreversibles. El último informe Monitor del FMI asegura que los programas sociales no han tenido impacto positivo en los últimos 8 años, que por el contrario, las poblaciones vulnerables campesinas han quedado marginadas, abandonadas por el Estado el cual ha incumplido con las obligaciones que le impone la Constitución Política de la República.

Para el Banco Mundial una persona pobre es aquella que vive con menos de 2 dólares al día, mientras que una persona en extrema pobreza es aquella que vive con menos de un dólar. Otra clasificación más aleccionadora es aquella que plantea que una persona pobre gasta todo el dinero que adquiere en alimentos, mientras que una persona se encuentra en extrema pobreza cuando aun gastando todo el dinero que posee, no logra alimentarse debidamente. Esta devastadora realidad nacional se torna aberrante, cuando comprobamos que desde 1986 cuando supuestamente iniciábamos el tránsito hacia la consolidación de la democracia, jamás ha existido una verdadera política pública orientada a enfrentar la pobreza en Guatemala. Si bien los programas sociales implementados por la UNE demostraron avances relativos, el clientelismo y la corrupción los minimizaron hasta llegar a lo que actualmente son: una vergonzosa parodia que sustenta el ego de funcionarios de turno, generalmente ineptos y corruptos.

La madre Teresa de Calcuta expresó en alguna ocasión: “no es la pobreza material del pobre lo que más me duele, me conmueve enormemente la pérdida de su dignidad, no deberíamos permitir la existencia de pobres en el mundo”. Súmese a ello que la clase media de hecho, ha dejado de existir en Guatemala. De 17 millones de habitantes que posee el país, 10 millones viven en pobreza o pobreza extrema. Cada día nacen 1,300 niños los cuales con toda seguridad vivirán en medio de graves carencias y latentes necesidades.

¿Puede existir algo más aberrante que un niño que se levanta con hambre, pasa su día con hambre y se duerme con hambre? Millones de niños guatemaltecos están viviendo esa realidad que contrasta con la dinámica de un gobierno indolente e irresponsable, apuntalado por una sociedad que pareciera haber renunciado a lo más sagrado: el derecho a vivir con suficiencia y dignidad.

manuelvillacorta@yahoo.com