Opinión

Ventana

¿Las encerraron para callarlas?

Rita María Roesch

Rita María Roesch

La tragedia de la muerte de las 40 niñas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, en el municipio de San José Pinula, ocurrió cuando se celebraba el Día Internacional de la Mujer. ¡Qué mensaje más terrible el de Guatemala para el mundo! Espero que esta tragedia nos marque como sociedad. Que tengamos el coraje de mirarnos con pena y vergüenza. Que reconozcamos que los niños y los jóvenes no son nuestra prioridad. Si lo fueran, los funcionarios de las distintas instituciones, principiando por el presidente y la primera dama, habrían designado personal con la calidad profesional y la sensibilidad para atender este hogar. No comprendo cómo la Dirección de la Secretaría de Bienestar Social, la Procuraduría de los Derechos Humanos, la Procuraduría General de la Nación, los jueces, la Policía, en el momento que conocieron los graves delitos que ocurrían en este “hogar”, ¡no pegaron el grito en el cielo! ¿Por qué no movilizaron cielo y tierra para detener las vejaciones de lesa humanidad infligidas a las niñas y a los niños en ese hogar-infierno desde hace años? ¿Cómo es posible que las denuncias de las víctimas siguieran un proceso burocrático como cualquier denuncia legal? Increíble. ¿Será que los niveles de maltrato y abuso sexual son tan altos en el país que se han “normalizado”, o es que los funcionarios tienen sangre de horchata? Toca deducir responsabilidades porque se trató a las niñas como objetos que se pueden prescindir.

Se tiene la hipótesis de que quienes rondan los centros de “abrigo” del Estado son gentes involucradas en el crimen organizado, en el narcotráfico y quienes manejan las redes de trata. Son pura mafia. ¡Que se investigue a fondo a maestros, monitores, conserjes, policías y visitantes! Ya es hora de que se controlen los centros correccionales y los “refugios” como la ley manda. Es muy probable que su joven población padezca de las mismas violaciones y horrores ocurridos en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. En cualquier país del primer mundo la tragedia de las 40 niñas se habría prevenido. No hay excusas. Se sabe, desde hace varios años, que en ese hogar las niñas eran esclavizadas. En los medios de comunicación han sido publicados testimonios. “Las monitoras nos obligaban a bañarnos con agua fría de los toneles. Nos pegaban cuando nos portábamos mal. Había una (monitora) que nos torcía la mano. A ella —monitora— le decían Manita de coche. Fue una pesadilla estar allí”. Prensa Libre 14.03.2017.

Llama la atención que el martes 7 de marzo un grupo de adolescentes se amotinara y escapara del “hogar” pero fueron recapturados. El reportaje de Nómada narra que la Policía, luego de golpearlos y manosear a las niñas, encerró a los jóvenes en el auditorio y a las niñas, casi 60 de ellas, en un lugar denominado “la escuela.” En la madrugada del 8 de marzo ocurrió un incendio donde estaban las niñas. La pregunta obligada es: ¿Las encerraron para callarlas? Seguramente quienes habían cometido vejaciones contra ellas querían impedir que los delataran. Estoy segura de que las investigaciones aclararán esta dolorosa tragedia.

La niñez que sufre abuso y maltrato se le trunca su futuro. Si no se le brinda amor, ternura, educación, se le mata su potencial. En Guatemala matamos nuestro futuro. El primer paso que demostrará que el Gobierno tiene la intención real de cambiar el modelo de protección de la niñez está en cómo se atienda a los sobrevivientes de esta tragedia. ONU ha ofrecido apoyar con un plan de auxilio. Los chapines esperamos que el Gobierno acepte la iniciativa.