Opinión

Aleph

Las Gaviotas y las palabras

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Entre las palabras y las cosas hay una fuerte relación. Ponerle Gaviotas a un centro correccional para personas menores de edad, por ejemplo, nos podría hacer pensar que los jóvenes que allí llegan serán más libres luego de su paso por ese pedazo de cielo. O el calificativo de “Seguro” para un hogar de protección y abrigo para niños, niñas y adolescentes jamás nos haría imaginar siquiera que cuarenta y un jovencitas pudieran ser encerradas bajo candado hasta morir calcinadas en el lugar. ¿O sea que las palabras son de mentiras?

Nos encanta clasificarlo todo. Tenemos adjetivos, sustantivos y gavetas para cada cosa o persona. Por supuesto, lo que está de nuestro lado es, generalmente, lo mejor, lo más bello, lo más grande, lo más bueno, lo ideal, lo que se necesita para cambiar el mundo. Y desde esa confortable taxonomía, nombramos y construimos el mundo que conocemos, sea este ancho o angosto. Por eso, cuando se habla de “malos” y “buenos”, yo entiendo que es una categoría moral, pero también siento escalofríos. La distancia que muchas veces hay entre las palabras y las cosas, entre nuestros discursos y la realidad en la que estamos inmersos, es inmensa. Y las cosas resultan teniendo un lugar distinto de las palabras que las nombran.

No romantizo ni les tengo lástima. La evidencia habla de jóvenes que han cometido delitos y que se han hecho fuertes en el infierno. No estoy cuestionando que haya maras o grupos de jóvenes criminales que han aprendido a matar, extorsionar y robar. Hablo más de la incubadora en la que esos jóvenes han crecido y aprendido a ser lo que son. Hablo de la frase de una conocida maestra que me dijo luego de lo sucedido con las niñas y adolescentes del Hogar Seguro: “Qué bueno que se quemaron, eran mareras” —por cierto, recuerdo que solo había entre ellas una joven en conflicto con la ley penal—. Hablo de los discursos sobre los buenos y los malos que pronuncia la “gente buena” de una sociedad hipócrita y poco civilizada como la nuestra.

En Guatemala, ¿qué separa a la juventud “buena” de la “mala”? Las separa un país. Los “buenos” han tenido techo, seguridad, educación, salud, ternura, comida caliente, un abrazo antes de dormir y un libro que leer. Y encima, resulta que muchos de estos becados creen que los privilegios son parte del paquete que viene con su linaje, y estudian, no para que haya más jóvenes como ellos, sino para sostener la exclusión, la corrupción y la opresión de siglos. Jamás serán llamados mareros, aunque lleguen a ser igual de peligrosos. Los malos, en cambio, son tratados con violencia desde el nacimiento, y antes. Por el Estado y por la sociedad. Nacen descastados y apestados. Aprenden en la miseria, a golpes, a gritos, a ultrajes y con hambre. Aprenden las mejores lecciones de su vida con cables eléctricos, puños, cuchillos y pistolas. Y si son niñas, una violación, como mínimo, estará casi siempre incluida —aunque esto sucede en todos los ámbitos—. La ternura está proscrita entre tanta dureza, y la pasan con poca o ninguna escuela, sin salud, y sin un libro. Hasta que llegan a “Gaviotas”. Ante métodos de aprendizaje tan distintos, no podemos pedir otra cosa. ¿Quién tendrá los mejores trabajos y oportunidades?

Veo en las redes que muchas familias se preparan ya para llevar a sus hijos e hijas a la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua), que está por inaugurarse. Que van tras el conocimiento y la palabra. Pienso cuántos de esos “gaviotas” tuvieron un buen libro en su manos, una palabra de amor en sus vidas, una verdad en sus historias. Y recuerdo que cuando las madres colibríes están por enseñar a volar a sus crías buscan néctar en las flores más cercanas para depositarlo en sus pequeños picos. Porque entienden que antes de cualquier vuelo, va la miel.

cescobarsarti@gmail.com