SIN FRONTERAS

Las palabras que el viento se lleva

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En el eterno forcejeo político, la ciudadanía lucha por un rol activo en las rutas del sistema, donde quienes ejercen función pública tienen una responsabilidad crucial. El ciudadano reclama al funcionario que le sirva y le recuerda que “mandatario” significa “el que es mandado”, y no “el que manda”.

En Guatemala el sistema ha fallado y el divorcio entre ciudadanía y funcionarios es fuerte. En lo personal, no recuerdo al último presidente que tomara un micrófono y proyectara honestidad para afrontar una situación. Al contrario, en la actitud presidencial se leen líneas ocultas, que luego se trasladan a ministros y funcionarios menores, hasta provocar lo que tenemos hoy: un gobierno que, mientras más tiempo pasa, menos se le cree.

Hace un año, el mandato fue específico: gobernar con transparencia, como lo haría cualquier ciudadano ordinario preocupado por su país. Pero al contrario, la opacidad es compañera frecuente de las apariciones del vocero Hiemann. Sería interesante evaluar por ejemplo, cuántos le creen cuando explica la participación del presidente Morales en el Congreso; y sería interesante también saber cuánto le importa al presidente Morales, cuántos le creen.

En ese clima de desconfianza surge la inminente crisis migratoria, como resultado de la elección presidencial en EE. UU. Y la reacción por parte del Gobierno Central tiene ese perfume de autosuficiencia que hace cuestionar su sinceridad. Percibo que la crisis se pretende atender desde la imagen pública, aprovechando que en Guatemala falta experiencia para debatir temas migratorios.

La elección de Trump ha creado incertidumbre sobre un futuro mundial difícil de pronosticar. Pero podemos empezar a vislumbrar lo que se viene con los nombres de quienes figuran para protagonizar en el gabinete de Trump. Algunos de los normes que suenan tienen historiales que denotan visiones nativistas y discriminatorias. Pero en Guatemala (país con índices pobres en efectividad de atención a sus migrantes) resulta que aparecen los funcionarios encargados, a intentar convencer de que la calma debe prevalecer. Una calma que se reclama, no desde acciones asertivas de Gobierno, sino desde el campo discursivo. El Gobierno llama a desestimar a quienes alertamos de las consecuencias que tendría el que Trump cumpliera sus promesas, aunque fuera parcialmente. La calma es una virtud, pero esta no provendrá de declaraciones o imágenes mediáticas de empleados de gobierno, sino de políticas públicas realistas que estos ejecuten priorizando a la persona.

En la diplomacia mexicana tenemos un ejemplo. Su embajador en Washington da un mensaje que inspira confianza. No porque la demande, sino porque hay toda una infraestructura y trabajo de años detrás. En contraste, preguntémonos qué confianza puede inspirar, por ejemplo, el que entre nuestro ministerio del Exterior, el ministro, viceministra, directora general de área y embajadora en Washington, haya cero horas acumuladas de experiencia consular en el contexto del fenómeno migratorio. La verdad, es que más bien resuenan las palabras del ministro Carlos Raúl Morales quien, en agosto, reconoció en televisión que no tiene idea dónde están localizados los migrantes. ¿Cómo pretende que tres meses después creamos que está preparado para enfrentar una crisis?

Más allá del tema, los guatemaltecos tenemos elementos para evaluar cómo el gobierno enfrenta las crisis que afectan nuestras vidas. La crisis migratoria es humana, es de personas. Frena los proyectos de las familias que lo apostaron todo para contribuir a su propio crecimiento y al de la nación que los acogió. Este es momento de trazar una agenda diplomática propia, y de recuperar el tiempo perdido en materia consular. No es más momento de discursos cuyas palabras son llevadas por el viento.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.