Opinión

Persistencia

Lo oscuro y perifrástico

Margarita Carrera

Margarita Carrera

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Arte

El lenguaje, como la vida, necesita del día y la noche, de la luz y de la sombra, de lo simple y de lo complicado, de lo rectilíneo y de lo laberíntico.

Mucho se ha insistido en la expresión de que no hay cosa más difícil que exponer ideas o sentimientos con palabras fáciles, lo cual proporciona claridad, exactitud, precisión, tanto en lo ideológico como en lo emotivo.

Lo otro, esto es, expresarse en forma oscura, hermética, laberíntica, con excesivos recovecos, no ha merecido tantos elogios y sí múltiples ataques; a menudo, además de inmerecidos, infamantes.

Así, el estilo oscuro y perifrástico, el que se detiene en el exceso y se goza en el infinito agonio de palabras, ese estilo que ha dado en llamarse “barroco”, ha sido colocado en la mezquina balanza de una retórica miope que se empeña en rechazar la ampulosidad, el desborde placentero y sensual, la extravagancia y el hermetismo.

Algunos eruditos hablan de excesivos adornos; otros —simples lectores— hablan de desvíos, distracciones. En unos y otros es notable la falta de comprensión, el rechazo por lo aparentemente ininteligible.

Nosotros pensamos en la necesidad de la redundancia, del derroche, del despilfarro en aquel que teniendo muchas palabras para decir una sola cosa, no se conforma con pocas. Es a manera de caudaloso río que, a veces, acrecienta aún más sus aguas y ha de menester del derroche, del desborde, del desafuero, de la extrema ponderación exima.

Pensamos también, en la necesidad del hermetismo, unido, en múltiples ocasiones, a la redundancia. Pero el hermetismo tiene una causa ética más que estética, ya que si expresamos sentimientos e ideas con demasiada claridad, nos exponemos a la censura, al repudio velado o directo. Así se entra en el deleitoso campo de la insinuación: no se dice, se insinúa y se recurre, al encubrimiento en un sutil lenguaje indirecto. Y cada quien, entonces, interpreta a su modo; quienes con maldad, quienes con bondad, de acuerdo a los dictados de su alma.

Porque la libertad de expresión es harto incierta, aun en los países que se jactan de tenerla. Siempre existen los comisarios del orden que defienden, implacables, “su orden” y temen cualquier síntoma que insinúe un posible menoscabo de poder que detentan.

Esto último, entre otras situaciones represivas, da lugar a que el escritor emplee toda su ingeniosidad y astucia, y sabiamente, imágenes, perífrasis y deambule por el mundo de la literatura con un lenguaje oscuro y difícil —pero no imposible— de interpretar.

Porque las represiones de que se ve víctima al humano son muchas, pero las más destacadas son las de índole política y sexual, aunque no nos cabe ninguna duda, de acuerdo con la teoría freudiana, de que ambas están conectadas íntimamente, y que, siendo así, lo político no es sino una forma de gobernar la vida erótica a través de determinado sistema económico, en donde priva sadismo y masoquismo.

Sea como fuere, el escritor deviene —dentro de una sociedad temerosa de la libertad— en un ser peligroso para aquellos que hacen uso del poder. De una u otra manera saben que él —siendo artista y, por tanto, amante de la verdad tanto como de la belleza— preside la falsedad, el desacato, la voracidad que los convierte en lobos del hombre. Y, en una u otra forma, lo castigan.

El castigo tiene sus grados y sus gradas: puede ser el asesinato, el encarcelamiento o el exilio; o bien, formas menos violentas, aparentemente, como la quema de libros, la no publicación y divulgación de sus escritores, el simple marginamiento del escritor en el campo de lo económico y social; o algo peor aún: silencio absoluto por el imperio del terror.

Y si el lenguaje fue inventado por guerreros y cazadores, no cabe duda de que quien lo convierte en su instrumento para realizarse, esto es, el escritor, deviene, en última instancia, en un guerrero y en un cazador.

margaritacarrera1@gmail.com