Opinión

la era del fauno

Los buenos rateros andan de corbata

Juan Carlos Lemus

Juan Carlos Lemus

Al hombre se le nota la higiene o falta de ella en los codos. Por si no lo sabían. Un codo sucio es un mensaje del más allá. Cuando éramos pequeños y nos bañaba nuestra madre o madrastra, nos enjabonaba y restregaba con fuerza las rodillas y los codos. Con el tiempo, uno aprende a limpiarse la cara. Sabe que la gente valora eso, lo que se ve. Si mucho, observa con disimulo las uñas, pues se dice que los honrados las mantienen limpias y recortadas. Lo cual es falso.

Los más grandes ladrones se depilan, se hacen manicura y van al gym (no al gimnasio, al gym). Si usted les da la mano, sentirá cierta suavidad de seda como de buen ladrón. Rara vez gritan, porque suelen tener a tres o cuatro empleados de alto nivel, rottweiler entrenados para el caso. Pagan para que otros ladren. Ellos atenderán a sus colaboradores con una sonrisa, pagarán gerentes, comprarán sindicatos, presidentes y otros operarios para que muestren los dientes o aplaudan, según las circunstancias. Los empleados menores celebrarán sus gracias, aunque por detrás maldigan el día en que vinieron a darle una presidencia, una jefatura o una dirección. La hipocresía es más grande que el Peloponeso.

Aun si muchos de esos ladrones no manejan más de 50 palabras, son capaces de citar a Gandhi o a Confucio. Compran quién lea por ellos; pagan abogados transas que obstruyen procesos. No trato aquí de armar indirectas. Para mí está claro que el empresariado corrupto y los disfuncionarios (no funcionarios) son esa clase de persona. Criminales disfrazados de buenas personas. Puede que tengan modales. El ratero de actualidad está entrenado para cautivar al juez, para aparecer en público. Ya vendrán los demás a decir que es una persona amable, que merece los micrófonos porque somos democráticos. Las sociedades en general y la nuestra con más fuerza, se prosternan ante el buen ratero de corbata y cierran el paso al humanista tatuado.

Astutamente, los yakuza se tatúan el cuerpo entero y solo dejan ver la parte no tatuada. Así, se les toma por personas comunes y no como miembros de la mafia japonesa. Por el contrario, quizá usted conoce la historia de Hope. Es un niño nigeriano que fue echado a la calle por ser considerado brujo. Tras dos años de andar desnudo y desnutrido, fue rescatado por la activista danesa Anja Ringgren, quien tiene tatuados los brazos y las piernas casi en su totalidad. El acontecimiento se hizo famoso en las redes sociales. Sus tatuajes no deberían importarnos, lo menciono porque es un rasgo que destaca de su apariencia y porque da una lección al mundo. Por estas provincias —hoy fincas del presidente Trump— se suele estigmatizar a las personas. Algunas empresas exigen que los trabajadores no tengan tatuajes. Se toma como indicador de que son malas gentes. Los ladrones están adentro. Son asalariados limpios que tras el escritorio pactan defraudaciones tributarias a gran escala, como es el caso de la red integrada por unas 180 personas que es investigada por estos días, por el MP.

O como los delincuentes que hay en el Congreso, que hace dos días afianzaron el crimen organizado con la elección del nuevo presidente de su banda, Óscar Chinchilla, compañero de promoción de Jimmy Morales en el Instituto Evangélico América Latina, designado por este en un claro tráfico de influencias, en orgía de corrupción acoyuntada en la finca presidencial. Esa cooptación del Legislativo fue pactada por 106 diputados, pandilla de codos asquerosos invisibles. Mientras, afuera del Congreso está la gente revoltosa, con pancartas, la inadmisible.

@juanlemus9