Opinión

Catalejo

Los mensajes de la naturaleza

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Mas allá de las creencias religiosas acerca del fin del mundo, algunos hechos ocurridos la semana anterior pueden ser analizados desde la perspectiva de mensajes dirigidos por la naturaleza, afianzados por los cambios producidos por la tecnología.  Si aún permanecieran en estos lugares las ideas de las religiones politeístas, podría pensarse en el dios de la tierra, el dios de las aguas y el de los vientos en una especie de competencia. Ahora se quiere negar, prueba de estulticia, factores como los cambios climáticos, pero la naturaleza, para muchas civilizaciones es una madre común, no fuente de enriquecimiento egoísta, ya está enviando mensajes. La ciencia occidental debe ser valuada como es, realmente: una fuente de conocimiento de los efectos de la acción humana.

Las culturas indígenas americanas son buen ejemplo de esta forma distinta de ver al ser humano, no como rey, sino como parte de la Creación. Las orientales —de la India, por ejemplo— comparten este criterio. Pocas defensas de la naturaleza son tan claras como las del jefe de la tribu swamish, llamado Seattle, en su carta dirigida al presidente estadounidense Franklin Pierce, cuyo nombre en la historia parece ser reducido a haber sido el recipiendario de ese texto. Entre las frases del piel roja se encuentran algunas verdaderas profecías, cuyo cumplimiento ya es una realidad apenas 163 años después de haber sido señaladas o al menos sugeridas, y debido a ello la lectura de ese documento debe ser obligada en estos tiempos, por la facilidad de google.

Dice Seattle: “La tierra es sagrada… no pertenece al hombre, sino el hombre pertenece a la tierra… Los hombres blancos no la consideran su hermana, sino su enemiga, y al conquistarla la abandonan... Su hambre insaciable devorará todo aquello que hay en la tierra y detrás suyo lo que dejan sólo es un desierto… será el final de la vida y el inicio de la supervivencia…” Este inicio de la supervivencia parece haber comenzado ya: la actividad humana causa calentamiento del agua de los océanos, lo cual aumenta la cantidad y fuerza de los huracanes. Lo entiende hasta un niño de párvulos. Y el agua, fuente de la vida, puede ser también de muerte: el derretimiento de los hielos inundará pronto todas las ciudades del mundo situadas en las costas.

Nuestra área geográfica es pletórica de fallas sísmicas y de fronteras de placas tectónicas. Guatemala es uno de los pocos lugares del mundo donde se unen o están muy cerca tres de ellas, por lo cual a 41 años del terremoto del 76, no debe sorprender otro muy parecido. Al sureste mexicano le pasa algo similar. Son fenómenos naturales multimilenarios, Pero la coincidencia de tres huracanes enormes en menos de diez días, no es multimilenaria ni natural, sino son debidos a la acción humana. Los cambios climáticos no son exclusivos de la América. En Rusia, el hielo polar se ha reducido 40% desde 1980: han aumentado las inundaciones, sequías, y sus cambios son superiores a la media mundial. Los dirigentes rusos actuales no lo mencionan, pero tampoco lo niegan.

Seattle sentenció: “Lo que ocurra a la Tierra, les ocurrirá a los hijos de la Tierra”. Es decir, a todos, tarde o temprano. Y ya está ocurriendo. No verlo es miope, por decir lo mínimo. Y aceptar esto implica poner en tela de juicio conceptos como la inmensidad del planeta, capaz de recuperarse de toda tropelía en nombre del avance social, económico o cultural, aunque sea de la totalidad de los seres humanos. Se debe comprender otro factor: el planeta está enfermo, es nuestro hogar y podríamos como especie estar ya en un punto de no retorno. ¿Alarmismo? No. En muchos sentidos, religiosos incluso, es un mensaje enviado con toda claridad a un grupo sui generis de seres de la creación, capaces de extinguir por gusto a los demás, pero también ahora a ellos mismos.