Opinión

Economía para todos

Los ríos y el Volcán de Fuego

José Molina Calderón

José Molina Calderón

Con motivo del bicentenario de la Independencia de Guatemala 1821-2021, se examina la experiencia en la lucha contra los efectos de la erupción del Volcán de Fuego y otros desastres de la naturaleza.

Las erupciones del Volcán de Fuego están documentadas desde cuando los españoles llegaron a Guatemala, y seguidamente a través de los relatos de diferentes cronistas.

Los efectos de una erupción volcánica se trasladan a los ríos debido a la arena que llega hasta ellos, y eso hace que el agua más la arena, más los sólidos que arrastran, se conviertan en una tromba que choca violentamente con todo lo que encuentra, incluidos puentes.

En 1969 pude ver en la Costa Sur cuando las aguas de los ríos destruyeron tres de los principales puentes de Escuintla: Guacalate, Achiguate y Pantaleón. Esa vez el desastre fue no solo por el agua, sino también por la arena del Volcán de Fuego que había hecho una gran erupción en 1967, dos años antes, cuando la arena sepultó los cultivo dos metros en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla. Los estragos no fueron solo en la agricultura y agroindustria, sino que también se destruyeron varias casas en esa población, que durante tres días no vio salir el sol.

En 1974, la más grande erupción previa a la del 3 de junio del 2018, los grandes volúmenes de arena y gases se dirigieron al occidente y suroccidente del Volcán de Fuego, en dirección hacia el río Pantaleón. Desde ese entonces ese río que hace continuación con el río Coyolate hasta llegar al mar, de unos 50 kilómetros de largo, ha sufrido los efectos del volcán.

Esos efectos incluyen movilizar grandes volúmenes de arena durante el invierno de cada año; arrastre de piedras de todo tamaño, relleno del cauce existente previamente con arena, desaparición de ese mismo cauce ampliando el ancho del río hasta un kilómetro; destrucción de puentes en las dos carreteras asfaltadas que rodean a Santa Lucía Cotzumalguapa, puentes menores que alguna vez se han quedado a mitad del río rodeados de arena y sin uso, porque el cauce cambió de rumbo; puentes colgantes arrastrados e inundaciones de los poblados, industrias y cultivos.

Los ríos Pantaleón y Coyolate, que son continuos de norte a sur, son los únicos que han sido estudiados por ingenieros hidrológicos internacionales en toda su extensión, con estudios milimétricos. Y eso ha permitido un manejo anual razonable de las inundaciones, acompañados de bordas de gran tamaño en las que en la parte superior circulan vehículos pesados para poder trabajar las obras de infraestructura.

La regla clave que se aprende de estos estudios es que el cauce menor lleva poca agua en el verano, y el cauce mayor, que es el que conduce el agua en la época de lluvias, debe estar despejado y el agua pueda circular sin encontrar obstáculos. Estos estudios hidrológicos han sido conocidos por las autoridades estatales en años anteriores.

Lo que ha ocurrido en los ríos Pantaleón y Coyolate se replicará a partir del 2018 en los ríos Guacalate y Achiguate hasta llegar al mar, requiriéndose un buen manejo de las aguas y la infraestructura. En caso contrario, los efectos sobre poblaciones, fábricas y cultivos serán tremendos, especialmente en las plantas industriales y eléctricas que utilizan esa agua, la arena puede dañar los turbogeneradores. En el mar esto afectará al mismo Puerto Quetzal que recibe la arena por los movimientos del agua en dirección de México a El Salvador.

josemolina@live.com