Opinión

Catalejo

Los varios niveles de la corrupción

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

En las sociedades donde la corrupción ha alcanzado características de mortal plaga, como es el caso de Guatemala, esta se manifiesta en una serie de niveles y en muchos casos los ciudadanos se ven obligados a involucrarse. Es un asunto no solamente de costumbre, sino de la manera de funcionamiento de la sociedad, o de las carencias presentes en la realidad del país. Un ejemplo: como consecuencia de las inhumanas condiciones de los centros de detención, no digamos de las cárceles —verdaderas republiquitas del mal—, nadie en su sano juicio puede permitir  su 

traslado o el de cualquiera de sus familiares, sobre todo si son jóvenes, como consecuencia de un delito e incluso un crimen causado cuando se maneja automóvil.

La falta de presencia, no digamos de control, de las autoridades en los centros de detención, obliga a un padre a pagar a un agente policial, a un juez, etcétera, para evitar el envío de su hijo a dichos lugares. Cuando no es posible, las madres o esposas son forzadas a pagar bajo la mesa a fin de entregarle comida comible al hijo o al marido. La falta de cumplimiento del Estado a sus funciones provoca la corrupción, cuya calidad no está otorgada por la suma de dinero entregada, sino por darla. Un hecho incorrecto, no ético, se vuelve un mal menor por las consecuencias distintas obtenidas y entonces roza las fronteras de una acción correcta porque evita males peores. A causa de esto se vuelve ejemplo de una acción ética deontológica.

Otro tipo de corrupción, inaceptable y asquerosa, se presenta con los pagos, ofrecidos o exigidos, a funcionarios públicos para lograr una prebenda, un negocio inconveniente para la comunidad, como por ejemplo medicinas de mala calidad y/o sobrevaloradas, caminos con especificaciones incorrectas u otorgados a empresas corruptoras nacionales o internacionales. Menciono estos dos ejemplos porque en Guatemala hay una miríada de casos con ejemplos claros de este tipo de maniobras. En este grupo se agregan también los pagos a diputados para obtener leyes a veces rayanas en el absurdo; a ministros para beneficiar a alguien o a algún grupo social, o a jueces y magistrados para la burla o la aplicación retorcida de la ley.

Existe también otro tipo de corrupción: la constituida por las promesas falsas o incumplidas. El mejor ejemplo de esto es la conocida frase “ni corrupto, ni ladrón” porque es directa, sin posibilidad alguna de alguna interpretación distinta. Incumplirla, por tanto, implica necesariamente una estafa moral, afianzada por la constante invocación a Dios, del himno –aunque este no se sepa bien—. La corrupción comienza con el engaño, porque además quien pronuncia frases falsas tiene plena conciencia de esa falsedad, y de pronunciarlas con el objeto de lograr votos provenientes de una población incauta, inocente, confiada y ansiosa de escuchar un mensaje de cambio. Esto comprueba algo: la corrupción no siempre se refiere a dinero.

Cuando se analizan estos puntos de vista, es más fácil entender por qué la sociedad guatemalteca actual actúa como lo está haciendo. En cuanto a la tolerancia de la corrupción, aunque sea forzada, los grupos sociales tienden a rechazarla más según sea menor su edad y mayor su nivel educativo. Por ello, a mi juicio, la persistencia en mantener bajo el nivel educativo del país, a causa de irresponsables dirigentes magisteriales y de peores maestros —perdón, trabajadores de la educación— tiene entre sus fines mantener a la mayoría como víctima fácil de políticos corruptos regaladores de camisetas y gorras en las campañas electorales.