Opinión

Ideas

Maniqueísmo constitucional

Jorge Jacobs

Editorial

En la discusión sobre las reformas propuestas a la Constitución vuelve a aflorar esa pretensión maniquea de querer hacer ver a quienes las apoyan como los paladines de la justicia y a quienes se oponen como los enemigos de la justicia y apañadores de la corrupción. Pues ese maniqueísmo no solo es errado, sino que además es una grave amenaza para la libertad de todos los ciudadanos. ¿Acaso no puede haber legítimo disenso?

Esto no es nuevo, ha sucedido en innumerables ocasiones en Guatemala.

Lamentablemente, la falta de cultura de debate en nuestro país ha hecho que muchos se vuelvan maniqueos y atropellen el derecho que todos los demás tenemos a disentir de sus posiciones. Y eso va tanto para quienes apoyan las reformas y satanizan a quienes no lo hacen como a la inversa. Le garantizo que no todos los que apoyan las reformas lo hacen con la idea del asalto al poder —como se les acusa desde el otro lado—, ni todos lo que no apoyamos las reformas lo hacemos con el ánimo de mantener la impunidad y la corrupción —como nos acusan—. ¿Acaso no tenemos todos el derecho de expresar nuestro punto de vista —por extremo que a algunos les pueda parecer— sin más limitaciones que respetar el mismo derecho que tienen todos los demás?

Esa simpleza de aglutinar a todos los que apoyan o reprueban una propuesta en un esquema conspirativo y adicionalmente atribuirles malas intenciones es absurda, pero lamentablemente es lo que prevalece en culturas como la nuestra, con el agravio adicional de que, por lo mismo, la mayoría se cree esas versiones.

Tan absurdo es acusar a alguien de racista porque se opone a que existan varios sistemas no determinados para juzgar un mismo hecho, como desechar una propuesta solo por el síndrome NIH (No inventado aquí, en inglés).

Yo, como no soy para nada nacionalista, no tengo ningún problema con que alguien de Timbuctú, Bora Bora o Marte haga propuestas de cambios.

Es irrelevante de dónde surja la idea, lo importante son las consecuencias que esa idea pueda tener. Y de allí la importancia de analizar los cambios propuestos, no solo a la luz del contexto actual, sino tomando en cuenta todos los efectos que puedan tener, no solo ahorita, sino dentro de 30 o 60 años, y no solo sobre los jueces y ciudadanos actuales, sino sobre los que vengan en las próximas generaciones.

Mi oposición a varias de las reformas propuestas viene precisamente de esa reflexión. Me parece que muchos de quienes las apoyan centran demasiado su vista en las circunstancias actuales, sin reflexionar que en el largo plazo varias de las propuestas pueden empeorar el sistema en lugar de mejorarlo.

Sigo sosteniendo que no estoy de acuerdo con esa visión imbuida tanto en esta reforma como en algunas de las modificaciones realizadas el año pasado a la Ley Electoral y de Partidos Políticos, por medio de las cuales se aleja el poder de decisión de los ciudadanos y se concentra en los políticos y los burócratas. Me parece que ese es un craso error que con el tiempo pagaremos con más corrupción, autoritarismo y subdesarrollo.

Pero claro, es difícil llegar a discutir esos temas cuando todo el debate se centra en argumentos maniqueos sin mayor profundidad. ¿Será que algún día podremos salir de ese primitivismo y elevar el nivel del debate? ¿O estamos condenados a vivir por siempre en la mediocridad y a respetar la libertad de expresión solo del diente al labio y cuando nos conviene? ¿Usted qué opina?


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