Opinión

Catalejo

Motivos nacionales para la indignación

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Lo ocurrido a consecuencia de la estulta mofa de una procesión religiosa católica en el parque central, la semana pasada, me parece una oportunidad adecuada para analizar cuáles son los motivos y qué provoca la indignación de una parte importante, aunque evidentemente no unánime, de la población. El Diccionario de la Lengua Española define al término como “enojo, ira o enfado vehementes contra una absurda persona o contra sus actos”.   Enojo: Ira: apetito o deseo de venganza”. Antes de seguir, debo puntualizar mi posición al respecto: me parece muestra de poco  intelecto porque provoca una reacción de muchos contra el válido concepto de derechos humanos y sobre todo de la necesaria valorización social de la mujer en una sociedad como la nuestra.

La singular mofa del año pasó inadvertida por la conmemoración de la tragedia del Hogar Virgen de la Asunción, cuya magnitud, 41 niñas quemadas vivas, mantuvo por varias semanas sentimientos de dolor, rabia, cólera, especialmente por la absurda decisión de dejarlas bajo llave mientras las llamas consumían parte del inmueble donde fueron encerradas. En otras palabras, no es exagerado afirmar que la ocasión pudo haberse aprovechado para una causa menos popular. Pero la indignación ciudadana no se despertó por esa realidad lacerante, de fondo, sino por la de forma: el insulto a causa del lenguaje grotesco, la diatriba, la burla, el irrespeto. Pero el procurador de los Derechos Humanos, Jordán Rodas, tampoco salió bien librado. Su presencia en el lugar fue una muestra de no tener conciencia de los riesgos del cargo.

Dentro de la misma línea de pensamiento, el Procurador también causó retroceso a la válida causa de los Derechos Humanos. La gran lección para él se refiere al meticuloso cuidado de sus presentaciones y pronunciamientos o discursos en público. No haberlo hecho ahora le provocó un choque innecesario con la jerarquía católica, con feligreses, y lo obligó a salir a la defensiva ante la evidentemente orquestada campaña en su contra, donde fueron distribuidas fotos tomadas en el extranjero como si fueran locales. Eran convincentes y fueron efectivas a causa de la generalizada costumbre de repartir por las redes sociales los mensajes antes de leerlos y por ello convertirse en cómplices y por ello sujetos a posibles responsabilidades legales.

Guatemala tiene muchos motivos para provocar la indignación de sus habitantes: la falta de educación, el subdesarrollo, las muertes infantiles, los abusos de los políticos, los burócratas, y demás. Son igualmente indignantes los shows montados en el Congreso por los diputados, los abusos de quienes ejercen el poder, el amiguismo, el compadrazgo para escogencia de los funcionarios públicos y así un largo etcétera. Por todas estas causas, lo ocurrido el 8 de marzo debe ser considerado una lección para todos, al haber provocado una adicional e innecesaria confrontación, injustificable aun en el posible caso de ser el objetivo burlarse de la “procesión”, lo cual constituiría una afrenta por parte de las organizadoras.

Ahora, varios diputados han aprovechado la oportunidad para salir en defensa de la moral y las buenas costumbres, lo cual es un verdadero colmo, y de paso aprovechar la oportunidad para atacar a un funcionario de conciencia a quien desprecian y temen y lo han dejado claro siempre. El caso les abrió de nuevo a los guatemaltecos la capacidad de enojarse y es bueno demostrarlo aun cuando exista la posibilidad de convertirse en cándidos aliados de personas o grupos con intenciones oscuras. En Guatemala, la vorágine de circunstancias cotidianas se convierte en una maestra para la astucia de los ciudadanos. No comparto, para finalizar, la idea de una acción intencional de un mínimo grupo femenino para justificar un ataque al PDH.