Opinión

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“Navegar es preciso, vivir no es necesario”

Antonio Mosquera Aguilar

Antonio Mosquera Aguilar

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Marina

Durante el siglo XVIII, los centroamericanos fuimos expulsados del mar. No en el sentido de impedirnos bañarnos o pescar en la cercanía de la costa, sino de surcar los mares en navíos. Los piratas en las películas se han acicalado con atuendos donde destacan tentáculos y ropa remendada. Lejos quedaron aquellos que despojaron a los transportes de su carga y atacaron las ciudades costeras. La toma de Panamá fue la acción más osada y determinante del fin de las compañías locales de transportes. También cayó Maracaibo y Portobelo. Infestaron el mar Caribe con su base, Port Royale, que de gigantesco lupanar se convirtió en supermercado de esclavos. Un maremoto la destruyó.

La desaparición de las empresas mercantes locales sucedió por su incapacidad de defenderse. Después se instalaron compañías inglesas, norteamericanas y, un poco más tarde, alemanas. El cabotaje para relacionar los mercados locales es inexistente desde entonces.

Volver a la mar es preciso. Para el efecto, el desarrollo de escuelas de la fuerza naval es fundamental pues enseña la entrega y disciplina necesaria para navegar. No basta con especializar a un pequeño grupo en la interdicción marítima, es necesario crear marineros.

La reciente visita del bergantín colombiano ARC Gloria pone a discusión la carencia de un navío escuela en el país. El ARC Gloria durante los 49 años de servicio atracó en 190 puertos de 79 países, cumple misiones de estudio ambiental especialmente relacionado con especies marinas tales como peces y aves. Hay otros similares como el ARBV Simón Bolívar de Venezuela, el BAE Guayas de Ecuador y el ARM Cuahutémoc de México, que cumplen similares misiones. También se puede enlistar al Capitán Miranda de Uruguay, el NVe Cisne Branco de Brasil, el Esmeralda de Chile, ARA Libertad de Argentina y muchos más en el mundo. Aparte de la presencia de buena voluntad en los numerosos países que puedan visitar, los buques escuelas sirven para formar una oficialidad con visión cosmopolita y consciente de la necesaria vinculación económica basada en el comercio marítimo.

Ser marino significa vivir alerta frente a los peligros del mar abierto. Muchas tareas de mantenimiento todavía significan un esfuerzo físico importante. De la misma manera, acostumbrarse a las olas. El mareo es la sensación de extravío resultante de no controlar al vaivén del bote. También supone un conocimiento especializado para orientarse, reparar daños a las máquinas o los navíos. En fin, no es una tarea fácil. En consecuencia, la preparación en escuelas de alto rendimiento ocupa gran parte de la formación de los marinos.

La falta de coordinación de las instituciones patrocinadas con fondos públicos es notoria. Ciertamente, los fondos son exiguos e impiden un despegue del desempeño de centros de estudio universitarios y de la Escuela Naval. La investigación oceanográfica es artesanal, lo mismo que la especialización.

En la armada todavía se considera que el poder de fuego está dado por la tropa. No se critica su dedicación en la defensa de fronteras y control de trasiegos delictuosos. Simplemente se sugiere que se trascienda el nivel de vigilancia. Se debe alcanzar la alta mar; esto es, elevar la capacidad de estancias largas en cruceros con finalidad científica y para preparación técnica.

Por lo tanto, a riesgo de parecer reiterativo, urge un barco escuela. No porque se ve bonito, o por el romanticismo de la navegación a vela, sino porque se debe formar una nueva generación de hombres y mujeres de mar, para perseverar en establecer vínculos sólidos en el Caribe y Centroamérica.

mosquera@doctor.com