Opinión

Catalejo

No habrá ayuda para soñadores chapines

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Los análisis acerca de la actual crisis política de Guatemala deben ceder el paso a una inesperada e inmoral crueldad del presidente estadounidense Donald Trump, quien con su decisión, el martes, de eliminar el programa de acción diferida para los llegados durante la infancia a Estados Unidos (Daca, por sus siglas en inglés),  deja al borde de la deportación a más de 900 mil jóvenes, llamados “soñadores” (dreamers). En un enorme porcentaje, se trata de muchachos de origen mexicano, pero hay también guatemaltecos. México de inmediato ofreció a quienes se vean obligados a regresar bolsas de trabajo a través de los consulados, créditos, becas a ese país y a otros, acceso a educación sin trámites innecesarios y afiliación a seguro popular.

Pero los jóvenes guatemaltecos no tendrán un apoyo similar aquí. Son triples perdedores: se arriesgan a ser deportados, a llegar a un país con el cual ya no tienen nexos familiares, o los tienen reducidos, y donde no necesariamente serán bienvenidos, no tendrán trabajo, además de peligrar a causa de la proliferación de maras. La crueldad de la medida le ha causado críticas a Trump hasta dentro del Partido Republicano, y por ello, aunque nadie puede discutir el derecho de cada presidente de tomar cualquier decisión sobre temas migratorios, Guatemala, a través de la cancillería tiene la obligación de romper el silencio, tiene la obligación de protestar y de buscar algún tipo de presión, así como de unirse a México en este tema espinoso e inexplicable.

Estados Unidos, como país, no solo está integrado por inmigrantes, sino su población admira a quienes tratan de superarse de la mejor forma posible, es decir con la educación, así como con el trabajo, con el cual de muchas maneras retribuyen la oportunidad otorgada a sus padres. Es asunto de lesa humanidad, por encima de absurdas venganzas partidistas. Algunos dreamers han nacido allí y están siendo castigados por delitos burocráticos y no cometidos por ellos. Irónicamente, muchos se sienten estadounidenses, y pueden caer en una de las causas ocultas de la medida: hacerlos rechazar la cultura e idioma de la familia, lo cual me causa asco. Mantengo la esperanza de la abolición de la medida gracias al funcionamiento de las instituciones.

El miércoles recibí el video hecho causante de estupor, filmado, al parecer el mismo día de la decisión contra los dreamers. Muestra al presidente Trump rodeado de quienes calificó de “líderes evangélicos y cristianos”, al momento de firmar el acuerdo de un día de oración este domingo. Uno de los presentes le agradeció “por reconocer que al final Dios es la fuente de nuestra unidad como americanos”, mientras otro agradeció al Creador “porque tenemos un presidente que cree en el poder de la oración”, y un tercero expresó: “este país ha estado amargamente dividido durante décadas, y ahora nos ha dado un regalo: el presidente Trump…” A mí me preocupa mezclar mensajes religiosos y políticos, pues la Historia recoge muchos ejemplos de los riesgos de hacerlo.

Ayer por la mañana me enteré de las declaraciones del vicepresidente Jafeth Cabrera, para quien “los migrantes del país se fueron porque quisieron”. Es una forma torpe de referirse a la tragedia de la migración forzada. Esto ocurrió poco después de leer al comentarista José Azel, del medio electrónico República, quien al referirse a la relación entre Estado y programas sociales, da la apariencia de apoyar a quienes ven a estos como “una política de estado que quebranta la responsabilidad personal…” y por eso “la calidad de un Estado debe medirse “en proporción diversa a los gastos sociales que se requieren para ayudar a la ciudadanía”. Me es imposible llegar a entender las motivaciones para tales puntos de vista. Solo estoy seguro de no compartirlos y rechazarlos.