Opinión

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No hay requisitos para un diálogo de buena fe

Antonio Mosquera Aguilar

Antonio Mosquera Aguilar

Para que se planteen posiciones sobre el futuro con sustento, se necesita recurrir a referentes filosófico políticos. También, desterrar la desinformación y acusaciones sin sustento basadas en ventajas ofrecidas por posiciones ventajosas. Durante la segunda mitad del siglo pasado se contó con una panoplia que aplastaba las expresiones críticas.

El fomento de la ignorancia política evitó que se distinguieran diferentes posiciones ideológicas, necesarias para entender las opciones de gobierno. En efecto, si se reduce la expresión filosófica sobre la sociedad a un solo punto de vista, la única diferencia entre los políticos permitidos consiste en aspirar al gozo de los privilegios del poder. Al contrario, cuando existen diversas fundamentaciones de la política, las manifestaciones programáticas se convierten en el objeto del debate.

Los derechistas anhelan discutir con proponentes de medidas que suponen transformaciones muy profundas con alto costo de oportunidad. Se solazan cuando muestran las dificultades que supondría asumir un cambio productivo o destacar la falta de preparación y habilidades para ponerlo en práctica. Por ello no desean otros enfoques razonables que resuelvan los problemas sociales con mejora en el bienestar de la mayoría o que destierren el lucro delictuoso en el gobierno. Para ellos, los cambios significan incrementar sus ganancias.

La represión usa tres medios para destruir las propuestas diferentes a la posición dominante en el gobierno: la corrupción, la tergiversación y la represión. La corrupción se impulsa por agencias de financiamiento de oenegés, a través de inducir programas y reivindicaciones que especializan demandas sociales. Los miembros de esas entidades desarrollan hostilidad y aislamiento por la rivalidad para lograr los patrocinios.

La tergiversación está encomendada a un extenso grupo de comunicadores que utilizan ampliamente los nuevos canales de comunicación, igualmente favorecidos tanto por grupos patronales como entidades oscuras. Su labor se expresa en la formación de chismes, tachas a determinadas personas y, sobre todo, confundir el sentido de las declaraciones de nuevos líderes. Recuperan dirigentes corruptos, a los que otorgan facilidades de promoción que les ayudan a conseguir notoriedad para disputar el liderazgo. Confunden y vacían de contenido a expresiones como “cambio de estructura”, cuyo significado honesto consiste en modificar al régimen de propiedad para lograr mejores relaciones de producción y empleo.

Finalmente, la represión impide el acceso a puestos de trabajo a quienes juzgan peligrosos. Se consigue por procedimientos administrativos, al establecer reparos, hallazgos y levantamientos de objeciones que impiden la obtención de finiquitos, solvencias y todo tipo de requisitos inventados que vetan el ejercicio de los derechos políticos. Recuérdese que el país ha sido reiteradamente condenado por asesinatos de líderes sindicales y agresión a comunicadores sociales. No se trata de un asunto del pasado, sino de la operación de actores en puestos sin mucha exposición; pero efectivos para coordinar actos delictuosos. Cuando se desmontan por la actuación contra la corrupción, se trata a toda costa de reconstituirlos.

Sin remover la represión, el diálogo será la imposición de la misma posición que ha operado en los últimos gobiernos. Medidas de corta visión que han empantanado a la economía, incrementado la descomposición social y permitido el crecimiento de la corrupción estatal, así como del crimen organizado.

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