Opinión

Catalejo

No sólo es mareo; es descaro retador

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

La actitud retadora y sobre todo ciega ante la realidad desarrollada dentro del Congreso de la República ya está llegando a extremos francamente increíbles. Pero no sólo es allí: la casa presidencial se ha unido a esa actitud de descaro, de lo cual la última prueba es la integración de una propuesta de candidatos impresentables para la directiva de ese alto organismo estatal, cuya mala fama se debe a la escasez de diputados suficientes como para balancear la mala imagen derivada de los actos de la abrumadora mayoría. Para los ciudadanos interesados en el quehacer político del país, resulta francamente increíble el nivel de negación de la realidad, flotante en el ambiente de la institución, en teoría, más importante dentro del sistema democrático.

Dos políticos de otras épocas, famosos por sus punzantes expresiones, dijeron en su momento frases fustigantes por ser tan reales. Héctor Aragón Quiñónez dijo una vez “si la tontería doliera, los alaridos emanados de este lugar (el Congreso) se oirían hasta el parque central”. Jorge Skinner Klee, por su parte, expresó “la casa presidencial tiene la particularidad de volver tontos a quienes habitan en ella”. Con motivo del autogolpe de Estado de 1993, se acuño el término de “los depurables” a muchos de los diputados. Y ahora el humor negro chapín ha abierto otro: “el pacto de los corruptos”, refiriéndose a la inverosímil decisión de beneficiar a delincuentes políticos, sin darse cuenta de haber incluido a miles de asesinos, secuestradores y gente de ese jaez.

Las más recientes decisiones del Congreso comprueban la percepción de quienes a causa de su manera de analizar los hechos de la vida nacional desde la perspectiva de la lógica y de la corrección, en lo referente a la irracionalidad reinante en los organismos legislativo y ejecutivo. Es casi increíble y pasmosa, porque demuestra la existencia de una especie de defensa gremial a causa de la manera cómo se comportan quienes dirigen y quienes siguen a las decisiones. El caso del presupuesto nacional es otro ejemplo: algunos trabajaron en depurarlo, reducir algunos gastos, pero quienes son los cabecillas simplemente parecieron actuar en el último momento, pero en la realidad lo habían planificado desde siempre para el beneficio de los mismos.

Tradicionalmente se hablaba del mareo producido por el “mal de montaña” político de quienes llegan al poder. Se habían subido al cerro del Carmen, ni siquiera a un volcán de Agua, y ya desvariaban. Ahora, la realidad obliga a señalar otro factor: el enfrentamiento a una sociedad ya hastiada, aunque —a causa de la forma de ser de los guatemaltecos— inerme y poco decidida. Hasta cierto punto se justifica, porque el permeable y poroso sistema jurídico permite a los pícaros salirse con la suya cuando los asesoran abogados cuya actitud se parece al de sus defendidos en el sentido de hacer cualquier cosa para beneficiarlos aunque el precio sea el de establecer y afianzar la desconfianza y el rechazo populares a jueces y magistrados de cualquier nivel.

Aunque en apariencia no hay relación, el caso de Honduras se parece en cuanto a la actitud retadora de Juan Orlando Hernández, cuyo resultado será el de la eliminación de hecho de las reelecciones presidenciales. En Guatemala, un congreso con las características del actual no dudará en hacer algo similar, posiblemente no en beneficio del actual mandatario, sino de otro. Allí podrían competir Alfonso Portillo y Óscar Berger, cuyas presidencias tienden a verse “menos peores”. Sin embargo, el riesgo mayor lo presenta la posibilidad de la posible reelección de Arzú, garantizada porque ya lo intentó pero por ser tan burda dio paso atrás para proponer a su esposa, una estimable dama alejada de ruidos políticos e inmerecidamente castigada por los electores.