Opinión

A contraluz

Paco e Isabel

Haroldo Shetemul

Haroldo Shetemul

El poeta Francisco Morales Santos recibió el Premio Nacional de Literatura en 1998 por su fecunda y pródiga obra poética que se ha extendido a la cuentística infantil. Su esposa, Isabel Ruiz, obtuvo el Premio Carlos Mérida 2017 por su profunda obra plástica que hunde sus raíces en la mitología maya y que está poblada de figuras alegóricas que crean un universo muy íntimo. Ambos han marcado la literatura y las artes plásticas del país desde los años sesenta, con una obra contestataria que expresa su compromiso social con su tiempo. Pero me pregunto, ¿de qué valen estos premios si hoy ambos artistas pasan uno de sus momentos más difíciles por quebrantos de salud, sin apoyo institucional? A sus 77 años, Paco ha ido en romería de hospital en hospital para tratar de obtener una cirugía sin lograr resultados, mientras Isabel, de 73 años, yace en cama, conectada a un tanque de oxígeno. Las consultas médicas y los medicamentos se han tragado sus pocos recursos económicos.

El pasado lunes fui a visitarlos. Siempre que veo a Paco me impresiona su proverbial humildad que lo ha acompañado siempre, en las buenas y en las malas. Lo vi desmejorado, delgado, y con la tristeza de haber pasado por el IGSS y hospitales públicos sin lograr la atención que requiere o su visita a las clínicas de Aprofam, donde una cirugía le costaba Q20 mil, que no tiene. El poeta camina lentamente por sus problemas de salud, sin que pueda gozar de alguna pensión acorde a su aporte a la literatura nacional. Me indica que otros amigos le han ofrecido apoyo de un médico por acá y otros por allá, pero nada seguro. Isabel, en tanto, está postrada en cama sin poder moverse. La compra de medicinas se consumió los ingresos que obtuvo de la venta de varias de sus pinturas. Y para mala fortuna, la galería que las exhibía quebró y en la pequeña sala se pueden observar varios cuadros empacados que le fueron devueltos.

Conocí a Paco en los años ochenta, cuando incursionó en el periodismo en el semanario La Época, cuya experiencia apenas duró cuatro meses. Con un bombazo destruyeron el inicio de un medio periodístico joven y pujante que no le convenía a los sectores oscurantistas. Después volvimos a trabajar juntos en la agencia noticiosa Acen-Siag y en la revista Crónica, durante ese tiempo también compartimos nuestros intereses literarios. Fue precisamente Paco quien me animó a publicar mi libro de poemas Columnas de fuego, en 1994, el cual fue ilustrado con la obra de Isabel. No hubo nada a cambio, apenas mi agradecimiento por su apoyo sin interés alguno. Así eran y son ellos, gente del pueblo, gente que ha vivido con limitaciones económicas.

De Isabel recuerdo su vigor, su fuerza expresiva. Una mujer que a través de su obra ha logrado plasmar la inmensa tragedia de las víctimas del conflicto armado, pero a la vez con una voz femenina enérgica y contestataria. En las paredes de su casa se observan cuadros y cuadros de la artista, como un viaje por el tiempo de su desarrollo plástico. “Es nuestra galería de arte”, me dice Paco. Por eso me duele tanto pensar que ahora esa mujer maravillosa esté postrada en cama y con serios problemas económicos para su atención médica. Esa es la razón por la que escribí esta columna, para reiterar, primero, mi admiración por Paco e Isabel, cuya obra ha dejado una huella indeleble. Segundo, para pedir que los apoyemos mínimamente. Pueden depositar sus donaciones en Banrural, en la cuenta monetaria 3005-0498-38, a nombre de Francisco Morales Santos. Aclaro, Paco nunca me pidió que escribiera esto, yo lo hice porque creo que es lo mínimo que merecen quienes han dedicado su vida a las artes y la cultura de Guatemala.