Opinión

Ventana

Para que el pastel sea grande

Rita María Roesch

Rita María Roesch

El domingo 28 de mayo, al día siguiente de la cumbre anual del G7, que se realizó en Italia, la canciller alemana, Angela Merkel, no escondió su disgusto al declarar que el presidente Donald Trump no había confirmado el acuerdo del cambio climático de París en el 2015, suscrito por 175 países, poniéndolo en riesgo. Ángela Merkel dijo: “Los tiempos en los que podíamos fiar completamente de los otros en parte han terminando. Así lo experimenté los últimos días. Y por ello solo puedo decir, nosotros, los europeos, debemos tener nuestro destino en nuestras manos”. Hoy, mi reflexión versa sobre la importancia de la cooperación, como la nueva “ley de sobrevivencia” para enfrentar los retos complejos que amenazan al mundo en este tercer milenio. En mi opinión, la propuesta de la canciller es válida también para los guatemaltecos y para los centroamericanos. Tenemos que buscar nuestro propio destino como país y como istmo.

Para hacer el mensaje más claro recurro a la imagen de hacer un pastel grande que alcance para muchos comensales. Debemos dejar por un momento a un lado la competencia, que es natural en la economía, y buscar cómo cooperamos. En el caso europeo, Merkel está clara en que no sirve que cada país “haga su propio pastel”. Siempre me ha gustado la expresión: “en la cocina también se encuentran los dioses”. Vino a mi mente el caso de Gastón Acurio, el famoso cocinero peruano que rompió la tradición de los cocineros de antaño que se llevaban sus recetas a la tumba. Acurio expresa: “El cocinero que no divulga sus recetas desaparece”. Andrés Oppenheimer, en su libro Crear o Morir, narra su historia. Comenta cómo Acurio no ocultaba sus recetas a sus competidores, porque la idea era que si otros restaurantes promovían la noticia de que había una nueva cocina peruana, todos se beneficiarían. “Habría un pastel más grande”.

Como todo chef de altos vuelos, Acurio y su esposa, Ástrid, de origen alemán, regresaron de Europa, y abrieron su primer restaurante en el Perú, en los años 90. No les iba mal. El menú que ofrecían era de mucha calidad, con recetas francesas. Acurio reconoce que en ese tiempo estaba ciego a las miles de posibilidades que ofrecían los manjares nativos de la selva peruana. En el 2002 viajó por todo el país buscando nuevos ingredientes, y de esta experiencia escribió el libro Perú, una aventura culinaria. Fue así como los Acurio empezaron a innovar, a crear nuevas recetas con ingredientes autóctonos, a dialogar con otros chefs, a conversar con los productores locales. Oppenheimer cuestiona a Acurio: “Ustedes eran competidores. ¿Cómo puedo creer que se ayudaban tanto entre sí? “Es que nosotros no competimos, nosotros compartimos”, respondió Acurio. “Nosotros estamos creando una marca que es de todos”. Surgió todo un movimiento que eliminó la desconfianza, la vanidad, el ego, las mayores barreras para dialogar y construir. “Si yo genero confianza a través de Perú como marca, entonces todos los productos y todas las actividades de Perú generan confianza”, concluye Acurio. ¡Puso de moda la comida peruana a nivel mundial! Hoy los turistas viajan al Perú por Machu Pichu y su experiencia gastronómica. “Perú sabe”. Vargas Llosa, citado por Oppenheimer, comenta que Acurio tuvo éxito económico porque sus restaurantes son famosos. Pero su mayor éxito ha sido en lo cultural y social porque generó una marca para su país. Hizo un pastel gigantesco que era pequeño. Conozco un pensamiento que dice: “Si quieres ser incrementalmente mejor, sé competitivo; pero si quieres ser exponencialmente mejor, sé cooperativo”. Ángela Merkel y Gaston Acurio lo saben.