Opinión

la era del fauno

Paráfrasis de Ak´abal al Popol Wuj

Juan Carlos Lemus

Juan Carlos Lemus

Es la noche del jueves 9 de junio reciente. Humberto Ak´abal está al centro del escenario, en el Lux. Sus largos cabellos blancos caen sobre un elegante saco momosteco. La sala está repleta. Hay personas sentadas hasta en el piso. El poeta saluda en quiché. Luego, comparte en castellano lo mucho que había deseado escribir ese libro. Se refiere a su Paráfrasis del Popol Wuj.

Las alarmas no se encendían desde que el doctor Sam Colop publicara, en 2008, su versión poética de mismo libro. No cualquiera puede tentar un texto mayor. Pero el doctor quetzalteco y el poeta maya quiché poseen autoridad sobre el tema. El objetivo del primero fue revisar los contenidos lingüísticos y reconstruir sus instantes poéticos, y el del segundo, clarificarlos. En efecto, la de Ak´abal no es una nueva versión, es una intervención que allana el camino de lo narrado a lo leído. Al comparar las versiones de Adrián Recinos, la de Colop y la paráfrasis de Ak´bal se comprende que la cosmogonía y la cosmovisión, la sustancia, se mantienen. El poeta abre, así, una nueva puerta para nuevos lectores hacia el mismo destino. Es como si un museo habilitara otro ingreso, más accesible, para contemplar la misma obra de arte.

En dicha presentación, el poeta nos lleva hacia unos 23 mil años antes de la era cristiana, cuando personas asiáticas atravesaron Siberia. —Resumiré sus palabras, si hubiera alguna imprecisión será error mío, ya que la suya fue una presentación impecable—. Llegaron a la isla de Beringia, hoy conocida como Estrecho de Bering y allí se establecieron durante aproximadamente ocho mil años. Tras varias generaciones, escaseados sus alimentos, buscaron a dónde ir.

Imaginemos que vamos tras ellos —prosigue el poeta—. Pasan donde hoy es Alaska, Canadá, Estados Unidos. Llegan hasta el centro de México. Se establecen en el área que ahora llamamos Mesoamérica. Se maravillan del verdor, de los árboles, los animales que nunca habían visto, en fin, todo es nuevo y hay que ponerle nombre. Así va surgiendo el protomaya. Entre ellos hay pensadores, astrónomos, matemáticos, cantores, escultores, toda la gama artística; algunos desarrollan la medicina a través de las plantas. Crean un sistema de escritura y plasman su historia en códices.

Cuando se agota su medio de subsistencia, comienza la diáspora maya. Se forman grupos y cada uno va creando otra lengua. De esa cuenta, hoy tenemos 22 lenguas con raíces mayas que se hablan en Guatemala y una de ellas es el idioma maya quiché.

En Yucatán construyen un edificio donde guardan sus códices. En sus viajes, Cristóbal Colón se lleva varios ejemplares para que los vea el Rey de España. Muchos se pudren en alta mar. Luego vienen los sacerdotes, entre ellos, Juan de Zumárraga y Fray Diego de Landa, que al enterarse de la biblioteca le prenden fuego. Y las llamas consumen la biblioteca maya más grande.

Tres códices van a parar a Madrid, París y Dresde; otros quedan escondidos durante siglos en la iglesia de Chichicastenango. Francisco Ximénez tiene acceso a ellos —al Popol Wuj— y los traduce al castellano. A mediados del siglo 19, Brasseur de Bourbourg se lleva la copia a Francia, donde desaparece y aparece en manos de un coleccionista que se la vende a la Biblioteca de Newberry, donde está el documento en la actualidad.

Gracias a Humberto Ak´abal por este recorrido, no exento de sinsabores y agudeza. La noche cierra con muchos, muchos aplausos de pie, por arte de un público maravillado. Fueron años de espera para publicarlo, comparte el poeta. Creo que, en realidad, este libro lo estaba esperando a él todo ese tiempo.

@juanlemus9