Opinión

la era del fauno

Payasita destruye a Darth Vader

Juan Carlos Lemus

Juan Carlos Lemus

Darth Vader, traje negro, máscara como de calavera metálica, estaba petrificado, con la espada sostenida en alto, en un lugar de la Sexta Avenida de la zona 1.

Un billete caído dentro de un canasto activó sus músculos. Adquirió, entonces, la pose del esgrimidor cósmico; trazó una equis con la espada y atravesó a su enemigo. De nuevo, quedó estancado.

Aquel traje habría de provocarle un calor intenso. Por estos días, estamos acorralados por frentes húmedos, calores secos y zancuderos bárbaros.

Se nota que este Darth Vader es un hombre adulto. Se le agradece tanto esmero. Aun cuando se mueva solo al sonido de una moneda o al vuelo de un ángel verde que cae adentro del canasto, le pone a su actuación una pasión que se agradece, no como otras esculturas humanas que aburren. Es adulto, decía, quizá mayor. Calculo que es más contemporáneo de Ultramán que de Star Wars, pero está bien. De cuando en cuando saca su espada y lanza un amenazante rayo que se adivina luminoso; rayo con el que traza crucetas sobre algún rival imaginario. Luego, queda otra vez en equilibrio, a la espera del nuevo estímulo y ataque.

Tuvo que darse un descanso para aflojar los músculos. Dio saltitos como los que dan los gimnastas a media jornada. Encogió las piernas. Los artistas mayores necesitan receso, pensé. En esas prevenciones de acalambramiento estaba, cuando se le acercó una payasita. Era una mujer vestida de payaso que, como otras en el mismo paseo de la Sexta se dedican a pintar caritas de gatos en el rostro de los niños. Hacía lo suyo como a 10 metros de donde estaba Darth. Cuando se aproximó a él, le dijo, más o menos, estas palabras: “Andá buscá otro lado, por favor, andate de aquí porque me estás quitando la vista”.

Debido a su naturaleza galáctica, Darth Vader respondió con una petrificación diagonal. Adquirió el signo de un espectro contemplativo. La mujer insistió en pedirle que se largara. Le repitió que allí “le quitaba vista”. Así se lo dijo: “quitás la vista, mano”. Supongo que se refería a la clientela.

Sentí pena por Darth Vader. Un hombre dedicado a lo suyo, que hace lo mejor que puede y está necesitado de ganarse unos centavos. Ante la exigencia, como única respuesta, su espada dibujó una equis luminosa, maniobró una espiral de tajo mayor, como quien destruye un imperio, y cerró con la espada sostenida sobre la destrucción.

Con los días he vuelto por ahí, pero no le he visto. Desconozco si cedió a la presión del gremio enemistado. Según se ve, en todas partes hay marcaje del territorio. El mojón lo ponen los billetes. Hay deshumanización arriba y abajo, incluso entre quienes podrían agruparse solidariamente. La rivalidad por dinero suele acaecer tanto en los negocios callejeros como los estructurados que operan en oficinas alfombradas. Vemos cómo pequeños o medianos comercios formales, por ejemplo, son asfixiados por los grandes mediante coartadas tan vulgares como esa de poner una venta de pollo a la par de otra venta de pollo que le iba bien.

Los fuertes ahogan con el aceite hirviendo de su avaricia cualquier posibilidad de competencia. Obligan a sus proveedores a que no vendan productos a su competencia naciente, bajo pena de no comprarles más nada. Así mantienen el monopolio. Hace años, una conocida cerró su Pinulito porque no aguantó la presión. A esa deshumanización le llaman libre mercado. Así sea entre payasos o entre reducidas pandillas multimillonarias, se destruye lo que florece. Los de en medio aplauden y, si pueden, fundan o siguen una escuela. La descomposición social se adquiere tanto en las calles como en las universidades.

@juanlemus9