Opinión

LA BUENA NOTICIA

Pobres y epulones

Víctor M. Ruano

Víctor M. Ruano

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La tragedia de las niñas que estaban en manos del Estado y no las protegió, las manifestaciones de campesinos e indígenas a quienes el Estado sistemáticamente excluye, la confrontación agresiva entre guatemaltecos de zonas urbanas y rurales son algunos elementos para que la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, que el papa Francisco desarrolla en su mensaje cuaresmal constituya “la clave para entender” la realidad del país, que muestra niveles escandalosos de desigualdad, de injusticia y de desprecio por el clamor del pobre.

Algunos no quieren ver, especialmente la élite económica y política de Guatemala, que el pobre se encuentra en una situación desesperada, que al igual que Lázaro no tiene fuerzas ni para levantarse, está tirado a la puerta de los ricos y apenas va comiendo de las migajas que caen de sus mesas. Viven en condiciones inhumanas, están llagados corporal y existencialmente. El cuadro es sombrío: el hombre y la mujer empobrecidos, degradados y humillados.

Ven al pobre como una amenaza a su comodidad y seguridad, y hasta lo criminalizan porque alza su voz reclamando justicia y respeto a su dignidad. Se quejan de que bloquea su derecho a la libre locomoción, pero callan cuando ven que los pobres están muriendo de hambre o son calcinados por la misma negligencia de las autoridades. Exigen que se respeten las leyes elaboradas al antojo de los epulones de siempre y se resisten a reconocer la cosmovisión y el sistema legal que desde tiempos inmemoriales ha regido a los pueblos originarios. No es legítimo un Estado que se estructuró excluyendo a los indígenas y campesinos, más ahora que está cooptado por mafias criminales llamadas partidos políticos.

Se aferran a un Estado que siga garantizando los privilegios y proteja los negocios de quienes han hecho de la opulencia, con su dinámica perversa de corrupción, un estilo de vida que se manifiesta en el lujo exagerado, en la riqueza excesiva, en el derroche desenfrenado. En ellos se “vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia”.

Sin duda alguna, como afirma Pablo, “la codicia es la raíz de todos los males”. Esta es la causa principal de la corrupción, y fuente de envidias, pleitos y recelos, anota el papa Francisco. El dinero los seduce y domina hasta convertirlo en un ídolo tiránico que exige sacrificios humanos. Los epulones no saben hacer del dinero un instrumento para impulsar el bien y ejercer la solidaridad con los demás, sino un medio de sometimiento de personas en “una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz”.

La parábola muestra cómo la codicia de los ricos los hace vanidosos y cómo su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que ellos se pueden permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia. El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

pvictorr@hotmail.com