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Pueblos indígenas y las reformas constitucionales

Vida Amor y Paz

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Todos sabemos que es necesaria una reforma constitucional en materia de seguridad y justicia con el fin de fortalecer la independencia de los organismos del Estado, el control del poder público y que la justicia no esté politizada. Así lo manifiesta el consorcio formado por la URL, Asíes y la Usac, quienes se han aliado para promover varias acciones y llevar la impostergable reforma a la Carta Magna.

Por lo tanto, la iniciativa 5,179 y sus enmiendas deben discutirse seriamente en el Congreso para que tenga como fin primordial el bien común, propiciando la unidad nacional, con mejores procesos para la resolución de conflictos, más igualdad de derechos ante la ley, menos políticos aprovechados, menos división entre ciudadanos y mejor forma de elegir a magistrados y jueces probos. ¿Se han acercado a las autoridades ancestrales de Chichicastenango /Chuwilá? ¡Háganlo! Ellos tienen claro el panorama.

Analizar las reformas constitucionales no es mi campo, pero hago algunas reflexiones sobre pueblos indígenas. Quienes me conocen saben que soy partidaria de la equidad, la no discriminación, la no confrontación, el respeto hacia los derechos ciudadanos y, en especial, el respeto hacia la madre naturaleza. Estoy a favor de una nación unida, pero jamás dividida.

Si se establece un sistema de justicia basado en la raza de las personas, es dar peso a un racismo pronunciado. ¿Acaso no la mayoría de ciudadanos guatemaltecos estamos mezclados? Imagínense que alguien con facciones indígenas —pero que toda su vida se ha considerado ladino— de repente se vistiera de indígena para ir a una corte indígena porque siente que le puede favorecer? ¿O un indígena que quisiera ser juzgado en una corte de ladinos, se quitara su traje y vistiera de forma occidental solo porque también le conviene? Vivimos en una sociedad diversa pero mezclada, donde nadie puede comprobar que tiene pureza de raza. Personalmente conozco personas con apellidos indígenas pero que tienen fisonomías europeas, o a la inversa. O jóvenes rubias con trajes típicos de Cobán, pero que por sus ancestros alemanes ya no piensan que son totalmente indígenas.

Cuando era niña y estudiaba en Estados Unidos, me pasaron un formulario en el colegio y debía llenar casillas con una X si uno era “negrito”, otra casilla X si uno era “blanco”, o “amarillo” si uno era asiático. Finalmente, pedían explicación. Miraba mi piel y ésta estaba tan bronceada por el sol de Guate que puse “color de los dulces Toffee”. Tan chistoso como pueda sonar, yo era una niña que no encontraba en mi piel la respuesta. Ahora, en los formularios ponen “hispano”, ¡como si fuese una raza! No debemos encasillarnos en colores o fisonomías, sino en la cultura o en las costumbres. Pero de eso a resolver las deficiencias del sistema de justicia actual con otro paralelo es una locura.

No se pueden implementar prácticas ancestrales de justicia como usar chicote y aislamiento en un ladroncillo como se hace arriba en la montaña. Cada región tiene sus prácticas diferentes y no se puede generalizar en todo un país, menos en cortes separadas.

Ya de por sí vemos racismo en otros países vecinos y no nos gusta. Entonces, ¿por qué copiar malos modelos? ¿A dónde va a apelar un indígena si se le violan sus derechos ciudadanos? Y lo que no está escrito y solo es parte de sus costumbres, ¿cómo se va a hacer valer? ¿A quién se le debería aplicar el derecho indígena y a quién no? ¿Quién es indígena y quién no? Hay mucha tela que cortar. Las reformas constitucionales deben ser consensuadas con seriedad en un sistema de igualdad para todos.

vidamordepaz@yahoo.com