Opinión

Aleph

¿Quién me ha robado mi país?

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

El poder mafioso tiene sitiada a Guatemala. Si Mario Puzo se levantara de su tumba, escribiría la siguiente parte de la saga de El Padrino, inspirado en la realidad guatemalteca de las últimas décadas. El pacto de corrupción y muerte establecido históricamente entre los poderes político, económico, eclesial, militar y académico ha venido asfixiando lentamente al Estado. A propósito, no estaría mal recordar la frase de Michael Corleone: “No es personal Tom, solo negocios”.

Los pactantes de la corrupción no solo tienen secuestrados los poderes Ejecutivo, Judicial y Legislativo del Estado; también el poder municipal. Son los carceleros de lo público y lo privado. Y lo que siempre supimos pero nunca dijimos, ahora lo sabemos y lo decimos, pero la frustración nos llena los cotidianos, porque quienes están en el poder son ellos, y lo usan para corromper e inmovilizarnos. Son los que nos siguen robando el pan, la paz, la justicia, la decencia y la dignidad. Los que se han llevado a la Guatemala posible, gobierno tras gobierno. Los que nos han convertido en uno de los países más hambreados, miserables, violentos y corruptos del mundo.

Que la gente bien no señala con el dedo ese pacto de elites, me dicen. Que nuestra moral confesional nos debe obligar a cargar aunque sea con una parte de la culpa, porque todos tenemos algo de responsabilidad en ese pacto de corruptos. No es totalmente cierto. Solo es cierto en cuanto no somos sujetos pasivos que aceptan lo dado sin cuestionar y que, si somos parte de una elite, podríamos haber actuado distinto; pero es mentira en tanto y cuanto el poder real esté en pocas manos corruptas, por un lado, y tengamos tan altos índices de exclusión, analfabetismo, desnutrición, ignorancia y violencia, por el otro. La economía de sobrevivencia, el miedo a perder lo poco que se tiene —incluso la vida— y los estómagos sin pan, obligan a aguantarlo todo, sin chistar. Hay aquí muchas familias que llevan cinco generaciones viviendo un continuum de miseria, sin mucha posibilidad de salir de ello, no solo porque hayan nacido sobre piso de tierra, sino porque no han tenido la oportunidad de comer, de educarse, de tener salud, de aprender inglés, de tener “conectes”, o de salir de sus aldeas.

El pacto de corruptos ha sido definido como un pacto de elites, no uno social amplio, aunque se haya derramado a buena parte de la sociedad que cree que es bueno solo porque “así ha sido siempre”. La política podría ser otra cosa pero, en un Estado mafioso, se convierte en la tuerca que asegura todos los engranajes de un sistema corrupto. Aquí, como dijo Corleone, “la política y el crimen son lo mismo”. Y hemos llegado a una situación tal, que no podemos movernos porque, usando la ley, los mismos corruptos de siempre le han puesto candados por todas partes a la justicia.

¿Cómo se forman los juicios que dan origen a los prejuicios sobre la política y los políticos que escuchamos desde niños: “la política es sucia”, “todos los políticos se venden”, entre muchos más. Quizás viendo cómo retuercen la justicia algunos abogados defensores de corruptos, piezas fundamentales de ese orden, por ejemplo. —Bien lo sabía Vito Corleone: “un abogado con su maleta puede robar más que cien hombres armados”—. ¿Tiene aún algún sentido la política mafiosa de hoy? ¿O está moviéndose un orden de siglos? Tiempo de pensar al margen de las categorías tradicionales o, más bien, tiempo de pensar.

Hay tradiciones políticas que están encontrando su final; los sistemas y partidos políticos están en decadencia en todo el mundo, y hay desplazamientos constantes entre los centros y periferias que ocupan los gobiernos y la ciudadanía. La realidad no nos está ayudando a encontrar salidas fáciles a lo que estamos viviendo en Guatemala, pero estamos rompiendo sin prisa y sin pausa ese orden que nos ha robado el pan, la paz, la dignidad y el país.

cescobarsarti@gmail.com