Opinión

a contraluz

Retrato de familia

Haroldo Shetemul

Haroldo Shetemul

Rosario Murillo es más que la vicepresidenta electa de Nicaragua. Es la madre de la patria, la marxista que se transfiguró en mística y cristiana y es el poder real tras Daniel Ortega. Es la mujer que cambió los colores rojinegros de la bandera sandinista en rosado populista y ha transformado el paisaje de Managua muy a su gusto, kitsch, por supuesto. A lo lejos, Managua da una impresión de escenario de caricatura por los árboles de la vida, esos adefesios carísimos plagiados de la obra pictórica de Klimt, que pueblan calles y parques de la capital y que recuerdan a cada paso la omnipresencia de la esposa del comandante, mejor dicho, la dueña del poder. Al igual que ocurriera en Guatemala con Roxana Baldetti, Murillo es quien decide las políticas gubernamentales, da declaraciones oficiales, quita y pone ministros y controla alcaldes. Y los siete hijos que ambos procrearon están en puestos clave del gobierno. ¿Nepotismo? No, simplemente la familia usufructúa el poder.

La farsa electoral del pasado domingo, en la que Ortega y Murillo “arrasaron” con el 72% de los votos, fue parte del guión oficial, en el que desapareció la oposición real y solo quedaron partidos que dieron la apariencia de legalidad, muy al estilo de la dictadura de Somoza. Hoy la familia tiene el poder total. El clan se enriqueció a partir de haber saqueado empresas públicas y robado fondos antes de haber entregado el poder a Violeta Chamorro que los derrotó en las elecciones de 1990. A partir del 2007, los Ortega Murillo encontraron otra vía de enriquecimiento al controlar la empresa Albanisa que distribuye el petróleo venezolano. La riqueza familiar se extiende a la ganadería, la industria lechera, la hotelería, una red de radioemisoras y cinco canales de televisión, entre otros bienes.

La ascendencia de Rosario sobre el comandante sandinista se remonta a 1998 cuando lo salvó de ir a la cárcel. El 31 de mayo de ese año, Zoilamérica, hija de una relación anterior de Murillo, denunció que Daniel Ortega, su padrastro, la había violado en forma reiterada. “Él usó mi cuerpo y lo usó como quiso”, afirmó la hijastra. Rosario salió en defensa de su marido y acusó a su hija de querer destruir al comandante. Esa declaración y el sobreseimiento del caso dejó impune a Ortega. No importó haber traicionado a la víctima, su hija, para Rosario era más importante el poder. Desde entonces, el comandante quedó en deuda eterna con su ambiciosa mujer, quien ascendió a los cielos del poder y comenzó a hacer lo que quiso, como llegar a ser la vicepresidenta de Nicaragua, aunque eso sea solo una formalidad porque desde antes ya controlaba la Policía, el Ejército y el Organismo Judicial.

¿Revolución? La dictadura de Ortega-Murillo ha consolidado su poder al desactivar los recelos de sus antiguos enemigos. La pareja presidencial es empresaria y por lo tanto comparte intereses y negocios con la cúpula del sector privado nicaragüense. El cardenal Miguel Obando que había sido su férreo crítico, ahora es un leal agradecido porque Ortega prohibió el aborto y el matrimonio homosexual, y porque el gobierno cada 7 de diciembre instala enormes altares sobre la Avenida Simón Bolívar en honor de la Inmaculada Concepción, por supuesto, con fondos públicos. Esa cercanía con la Iglesia Católica llevó a que Obando fuera declarado “Prócer de la Nación” y oficiara la boda religiosa de Daniel y Rosario en septiembre del 2005. La familia real ha construido a su alrededor toda una estructura de alianzas e intereses políticos, económicos y religiosos que la hacen intocable.

@hshetemul