Opinión

Tiempo y destino

Rina Montalvo dice adiós al periodismo

Luis Morales Chúa

Luis Morales Chúa

En plena madurez física e intelectual, cuando la vida todavía le  sonríe  hermosa y en su alma crece fértil y  dulce la ilusión,  Belia Pinto de Meneses ha resuelto poner punto final a su leída columna titulada Mensajes Íntimos, a la cual acudieron como mariposas sedientas de luz miles de personas inmersas momentáneamente en la oscuridad del desamor.

Belia deja como tesoro personal sesenta años de trabajo dedicado al alivio de penas ajenas, y a ofrecer consejos con el ánimo de consolar a los espíritus desesperados.

A cambio recibió muchas cartas con muestras de agradecimiento porque los consejos dados atenuaron las penas de los remitentes, o las extinguieron definitivamente.

Pero, no solo de esas cosas se llenaron sus escritos. Su pensamiento abarcó otros temas en tiempos alegres y en otros ensombrecidos por los conflictos sociales de la población, sin dejarse atrapar por pasiones partidistas, sin dejar de comprender la política y el discurso de los políticos, y sin temor a participar en manifestaciones públicas de protesta contra la dictadura, la injusticia, el fraude, y la corrupción del poder nacional.

Se va voluntariamente. Las alas de su pensamiento alzan vuelo y se dirigen hacia otros horizontes de ese mundo insondable que está en nuestro inmenso y generoso interior.

Hay, por otra parte, una historia que me toca de cerca. Comenzó en los primeros días de enero de 1958. Belia trabajaba en la sección de anuncios, en la planta baja, y un día subió a mi oficina para conversar acerca de su deseo de escribir una columna semanal, en este diario. Analizamos varios títulos y ella sugirió uno que me pareció apropiado: Mensajes íntimos habida cuenta de que el material primario estaría formado por temas de esa clase. Posteriormente obtuvo la colaboración del prestigioso pintor guatemalteco Dagoberto Vásquez. Le dibujó una mujer joven, recostada de lado en un diván, leyendo un libro; la columna vio la luz pública el 20 de enero y siempre tuvo ese toque visual que da un buen dibujo y un meduloso contenido, hasta que en los nuevos tiempos, los dibujos que encabezaban las columnas fueron sustituidos con fotografías de los autores.

La vida de ese buen trabajo terminó ayer, con todos los honores. Han sido tres mil trescientas sesenta publicaciones, con un total de trece millones de caracteres y espacios. Una verdadera montaña de fe y de buenas intenciones que deja un vacío difícil de llenar.

Una parte muy pequeña de sus columnas reunió en un libro titulado Querida Rina, publicado por ella en 2007. Tiene un prólogo que yo, a solicitud suya, escribí. Y me siento contento de haber participado, en forma modesta, en el nacimiento, desarrollo y fin, de un proyecto cultural que dio al periodismo guatemalteco toques de ternura en medio del tráfago incansable de noticias acerca de una problemática nacional que parece perpetuarse indefinidamente por motivos de todos y todas conocidos.

Cuando una columna de opinión desaparece, algo se muere en el alma de los periódicos. Sin embargo, la historia de Belia tiene hoy un final feliz porque ella espiritualmente pasa bajo un arco de flores, como cuando el éxito engalana el desfile de los triunfadores al terminar una gran competición deportiva, que hace al público ponerse de pie y estallar en aplausos.

Reciba de mi parte, querida Rina Montalvo, un fuerte abrazo. Siga siendo feliz, al lado de su estimable familia. Y si algún día necesita un buen consejo, bueno de verdad, abra las páginas de su libro y ahí, sin duda, ha de encontrarlo.