Opinión

Salvemos los océanos

Esta semana se está llevando a cabo la Conferencia sobre los océanos, un espacio mundial en el que se espera que los gobiernos, la comunidad internacional y los representantes del sector privado y otras organizaciones de la sociedad civil, acuerden acciones para cuidar la salud de los mares. Además, es la primera reunión global de alto nivel después de que Estados Unidos —el segundo mayor emisor de gases contaminantes— anunciara su salida del Acuerdo de París, un pacto firmado en 2015 por cerca de 200 naciones y cuyo objetivo es reducir las emisiones que están provocando el cambio climático.

Jonathan Menkos jmenkos@gmail.com
Jonathan Menkos jmenkos@gmail.com

Esta semana se está llevando a cabo la Conferencia sobre los océanos, un espacio mundial en el que se espera que los gobiernos, la comunidad internacional y los representantes del sector privado y otras organizaciones de la sociedad civil, acuerden acciones para cuidar la salud de los mares. Además, es la primera reunión global de alto nivel después de que Estados Unidos —el segundo mayor emisor de gases contaminantes— anunciara su salida del Acuerdo de París, un pacto firmado en 2015 por cerca de 200 naciones y cuyo objetivo es reducir las emisiones que están provocando el cambio climático.

El agua es vida y los océanos son el corazón que la bombea por el planeta. Los océanos constituyen el 75 por ciento de la superficie del mundo, contienen el 97 por ciento del agua de la Tierra y han proveído no solo las condiciones ideales para el origen de la vida, sino también para su evolución y mantenimiento. Tomando en cuenta que aún conocemos muy poco de los océanos —menos del 10 por ciento—, se han identificado cerca de 200,000 especies, y de acuerdo con datos de las Naciones Unidas, más de tres mil millones de personas dependen de la diversidad biológica marina, mientras se emplean en la pesca, directa e indirectamente, unos 200 millones de trabajadores.

El rol de los océanos en el clima global es vital, pues estos generan oxígeno y absorben el 30% del dióxido de carbono producido por los humanos, contribuyendo en la reducción del impacto del calentamiento global. Hoy sabemos que la lluvia y el agua dulce, las condiciones atmosféricas, el aire y gran parte de nuestros alimentos e, incluso, medicinas, provienen de los océanos o son regulados por estos. Es por ello que debemos preocuparnos por los cambios climáticos provocados por los crecientes gases de efecto invernadero en la atmósfera, pues están conduciendo a cambios en los océanos, incluyendo el incremento del nivel del mar y su acidificación. Esto pone en peligro la vida como la conocemos y, si no hacemos algo, en el 2050 habrá más plástico que peces en los océanos.

El estudio “La economía del cambio climático en América Latina y el Caribe. Algunos hechos estilizados” de la Comisión Económica para América Latina, revela que los costos asociados con el cambio climático son heterogéneos, crecientes en el tiempo y provocan pérdidas irreversibles. Las proyecciones nos dicen que si no hacemos nada para mitigar el cambio climático, y salvar los océanos, esto podría provocar en Centroamérica, entre otros efectos, significativas pérdidas de biodiversidad, sobre todo en regiones boscosas y tropicales, así como pérdida de la barrera coralina y el incremento de eventos climáticos extremos.

Cierre los ojos e imagine por un momento cómo será Guatemala en 2050, si nos quedamos de brazos cruzados frente al cambio climático: 28 millones de habitantes, un aumento de la temperatura de dos grados centígrados, mayor número e intensidad de los huracanes y tormentas, poblaciones costeras obligadas a migrar tras las inundaciones, menos pesca, trabajo y turismo y más ingobernabilidad y pobreza. ¡Nada alentador!

Estos días son determinantes para comprometernos en el logro del Objetivo de Desarrollo Sostenible 14: “Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible”. Suena complicado y hace falta voluntad política, conocimiento y recursos financieros. Pero no olvide que salvar los océanos también significa salvarnos a nosotros mismos.