Opinión

Con nombre propio

¡Se nos va la Orquesta!

Alejandro Balsells Conde

Alejandro Balsells Conde

Mónica Sarmientos, Wilfredo González Palín y Vladimir Villatoro decidieron poner en escena en el Teatro de Cámara Hugo Carrillo la obra Se nos va la Orquesta, una obra que hace años con mi papá vimos en el mismo escenario, pero los artistas se han encargado de actualizarla y hacerla imperdible.

La producción en estos momentos es más que oportuna, porque nos muestra entre jocosidad, chiste y mensaje sensato la necesidad por redescubrir el arte y sobre todo porque hace sentir ese ingenio como una puerta para la expresión de sentimientos, ideas y propuestas para una vida mejor (los patojos la gozan lo indescriptible). Los países desarrollados cuidan a sus artistas porque ellos logran, sin duda en mucho, que esos pueblos hayan podido trascender. Con un breve repaso a la historia se puede conocer que las grandes civilizaciones siempre contaron con expresiones de arte impresionantes.

Carecemos por completo de una política de apoyo al arte nacional, y este debe ser un reto para todos, de hecho se llega al extremo de que para poner en escena una obra como la que comentamos sus productores debieron visitar montones de oficinas e instituciones con el único objeto de satisfacer ocurrencias a granel. Después de 32 años de haberse fundado el Ministerio de Cultura y Deportes es más que absurdo que en una sola oficina no puedan solventarse las autorizaciones y avisos.

Carlos Mérida, Miguel Ángel Asturias, Tito Monterroso, Mario Monteforte Toledo, Manuel Galich, Luis Cardoza y Aragón, Manuel José Arce, por citar a algunos personajes ligados con el arte y la cultura, salieron de Guatemala porque no existió apoyo e incluso sufrieron persecución y exilio. Muchos escritores, cantantes, pintores y escultores han tenido que salir para expresarse y sobre todo para ser valorados. Sin duda, la historia de Ricardo Arjona o Gaby Moreno sería muy distinta si por acá hubieran decidido quedarse, y no es solo cuestión de buscar nuevos mercados o grandes auditorios, es un tema de hacer la vida más digna de ser vivida.

El domingo recién pasado, justo cuando estábamos en familia esperando la apertura del telón, el tuiter nos informó sobre la muerte de Luis Galich. Minutos después Mónica Sarmientos, quien sin duda había sido amiga del maestro, y sus colegas tuvieron que hacer de tripas corazón y garantizar que la “función debía continuar”, pero muchos teníamos entre ceja y ceja que Luis Galich sufrió una larga enfermedad que se vio más jodida por lo caro de los tratamientos a que debía someterse y porque la seguridad social para el artista en Guatemala es ciencia ficción.

Al escribir estas líneas, la cólera me invade. Justo en estos momentos las redes difunden que en una bodega ubicada en Muxbal, de un personaje conocido por su facilidad para lavar grandes capitales, se encontraron cuadros de Efraín Recinos, Alejandro Urrutia y José Colaj (por mencionar solo algunos), quienes murieron tras una vida austera, pero sobre todo en la lucha contra la ausencia de espacios públicos que permitieran la dignificación del artista, pero lo peor es que en ese gobierno del Partido Patriota, insaciable y lascivo con la plata ajena, hasta el Ministerio de Cultura fue vehículo de sustracciones y escamoteos, pero ahora vemos que gente ligada a ellos lavaban sus fortunas con producciones artísticas que quizás hubieran permitido a los autores comprar su medicina y conseguir más vida.

La inercia no para y tampoco ahora el artista es apoyado por quienes mandan —hasta fue minimizada en la reciente reforma curricular en el sistema de educación—. Si así seguimos, los grandes creadores no pararán de emigrar y esto no se vale porque solo enseña que ¡se nos fue la orquesta!

@Alex_balsells