Opinión

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Si no hay madurez, la política fracasa

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

El análisis de las causas del desastre generalizado de Guatemala y en general de América Latina, poco tarda en descubrir como una de ellas a la falta de madurez. Pero no solo esto: se necesita ubicarse en el tiempo y darse cuenta de las distintas circunstancias históricas actuales, porque la Historia no ha terminado, como absurdamente fue predicho cuando se evidenció la caída del socialismo simplista causante, entre otras cosas, de la Guerra Fría. Se pensó en una victoria del capitalismo, pero tanto este como el socialismo no quedaron exentos de la urgencia de adaptarlos a un mundo nuevo. Siguen existiendo, y en realidad deben existir, pero en un nuevo concepto de una equidistancia entre ambos. Por eso es retrógrado tratar de aplicarlos de nuevo, ante su fracaso.

Es necesaria una reconstrucción ideológica del significado de ambos términos, pero además, con el esfuerzo de sus seguidores y detractores, de apartar ideas nuevas, porque ahora hay una evidente renuncia al pensamiento, a la crítica y a la autocrítica. La madurez de los individuos se manifiesta en reconocer los errores, condenarlos —porque no se pueden defender hoy, y ni siquiera se podía hacerlo cuando las circunstancias históricas son nuevas. Una vez hecho eso, tratar de despertar la ilusión y la esperanza entre los ciudadanos integrantes de la mayoría genuinamente interesada en vivir mejores vidas para ellos y sus familias. Es allí donde aparece el primordial papel de ideólogos y líderes políticos.

En Guatemala, como en otros países del continente, aún se piensa en términos de victoriosos y derrotados, de lucha política y social por quienes no lograron la victoria militar y fueron aplastados por el muro de Berlín cuando se desplomó hace ya larguísimos 28 años. Este simplismo lo comparten ambos lados de la medalla y de la dualidad izquierdas y derechas, por mencionar el término más simplista de la definición del pensamiento. El último ejemplo, patético, lo constituye en el continente latinoamericano el sanguinario Nicolás Maduro. En Venezuela se manifiesta la necesidad de llegar a acuerdos entre todas las partes, ninguna de las cuales debe ser dejada de lado, para lograr un acuerdo político con el cual es imposible la reconstrucción político económica nacional.

Ese acuerdo, en todos los países donde sea necesario implica colocar límites voluntarios a determinados derechos y algunas pocas libertades, lo cual se justifica porque parte de la libertad es el derecho de no usarla temporal o perennemente. A ello se debe agregar la aceptación del derecho de la comunidad humana por el hecho de serlo, y el del individuo de respetarlo a causa de su valor intrínseco. En este orden de ideas, se debe rechazar —por absurda— la ocupación de carreteras, la invasión de propiedades privadas, así como la acusación y el insulto a quienes tratan de proponer soluciones novedosas todas porque no hay precedentes. Se trata, ciertamente, de una tarea difícil para la cual el elemento de la calidad humana resulta fundamental.

La madurez mencionada en este artículo es en realidad una especie de pétalo de una flor político-social más grande. Si los políticos y los dirigentes económicos y sociales no desean cambiar la actitud asumida por décadas, la situación es irremediable, por lo cual se necesita una limpia de todos los involucrados, quienes para la masa mayoritaria joven —menos de 35 años— el desinterés es el resultado de los abusos de los politiqueros y de gruesas partes de los dirigentes económicos, empresariales, académicos, etcétera. No se trata de asumir actitudes basadas en utopías sino en maneras de encarar el presente y el futuro de una lista de prioridades sin las cuales el país no solo está condenado al mantener el subdesarrollo de hoy, sino a profundizarlo con todos los guatemaltecos adentro.