Opinión

Con nombre propio

Tres deseos para el 2018

Alejandro Balsells Conde

Alejandro Balsells Conde

En cinco días hay año nuevo, los deseos de paz, amor y buenas vibras abundan en el mundo digital y es difícil adivinar si es porque la modernidad llegó o porque mandar una tarjeta es imposible cuando hemos retrocedido unos cientos de años al no tener correo.

Del gobierno ya sabemos qué esperar, han pasado dos años y sería de necios persistir en conseguir peras cuando se sembraron olmos. Van por acá mis tres deseos para el 2018.

Persistir que la corrupción solo debe ser combatida en tribunales es grave, nuestro primer deseo es que esperar un esfuerzo por acabar con el gran grado de discrecionalidad que existe en la gestión pública y que eso venga de todos los sectores sociales.

Mientras un presidente, ministro, alcalde, mandamás de entidad autónoma, el propio rector de la Usac o quienes administran al Organismo Judicial y el Ejército, por mencionar algunos, tengan el margen de discrecionalidad que tienen, la corrupción seguirá porque está el incentivo.

Cuando hablamos de corrupción empezamos con señalar la banqueta de enfrente. Jamás se quiere ver la propia y es donde caemos en discusiones circulares porque es fácil acusar, pero difícil aceptar que todos hemos sido parte, por acción u omisión, de ella. Es mentira creer que la corrupción es solo de empresarios, periodistas, abogados, ganaderos, médicos, ingenieros, auditores o algún grupo en especial, los países que tienen éxito en el combate de este cáncer son porque han forjado un grado de discrecionalidad chico. Este tema va de forma directa a la Contraloría General de Cuentas que con legislación de ventanilla hace reparos y presenta denuncias por canasto sin sustento, siendo la entidad que más responsabilidad institucional tiene en la debacle.

El segundo deseo es que podamos tener una política internacional un poquito seria (ojo, que decimos poquita), porque, por ejemplo: se convoca a consulta popular para el tema de Belice, pero se destituyó al canciller y a su vice, quienes tenían carrera diplomática y conocían el tema del diferendo. Por si fuera poco se trae a nuestro embajador en el Reino Unido para maquillar la ilegal decisión de declarar non grato al comisionado de Cicig sin refrendo, pero se le trae cuando más se le necesita en la potencia que es aliada natural de los beliceños, luego se nombra canciller a quien tenía problemas legales y como su vice, a una señora que no tiene idea de relaciones internacionales, pero como tiene en su CV ser mamá de un acosador en redes sociales, eso le vale el puesto. Por último se vota en Naciones Unidas contra la decisión gringa de reconocer a Jerusalén como capital israelí, luego se recula y se vota a favor acompañado de Honduras, cuyo presidente hizo fraude electoral y necesita agradecer al gobierno de Trump el empujoncito. Nos acompañamos de otros países que ni sabemos dónde quedan y a los que no nos une ningún vínculo político o diplomático. Nuestro país se olvidó de que, siendo país pequeño, debemos ser parte de un bloque, pero lo más grave es que muchos que apoyan la decisión se basan en texto bíblicos, y paro de contar.

El último deseo es que tengamos claro lo que hace años dijo don Ferdinand Lasalle: “Los problemas constitucionales no son, primeramente, problemas de derecho, sino de poder; la verdadera constitución de un país reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen”.

Así que, ojalá, con seriedad se retome la reforma constitucional y cambiemos el perverso sistema de designación de funcionarios de justicia. Hay diputados que no deberían estar legislando y menos eligiendo jueces.