Opinión

Tiempo y destino

Tribulaciones de una democracia descalza

Luis Morales Chúa

Luis Morales Chúa

La idea de que la democracia al estilo occidental es la mejor forma de gobernar una nación con el fin de lograr el bien común, ese concepto llevado y traído, que todo el mundo entiende, menos los detentadores del poder, parece haber entrado en otra crisis profunda que amenaza con dislocar la autoridad de los grupos gobernantes.

Guatemala tiene todo lo que esa democracia proclama como lo mejor: un territorio debidamente delimitado, un Gobierno con funcionarios popularmente electos, un pueblo trabajador y un ordenamiento jurídico que se perfecciona cada diez o veinte años con reformas constitucionales y la emisión de nuevas leyes comunes; una separación de poderes entre los cuales teóricamente no hay subordinación, elecciones populares directas cada cuatro años y una activa participación en organismos internacionales. Así, pues, el test del proceso democratizador está lleno. La idea de soberanía fue tirada hace tiempo a la basura y dentro de pocos años será cambiado el idioma oficial por el del país productor de la mayor cantidad de aparatos electrónicos, proceso que avanza con la usurpación de sitios que hoy ocupan vocablos y frases de la lengua española y de los idiomas mayas.

No se puede pedir más. Es la democracia occidental en plenitud. Pero, uno de sus elementos dinámicos, la gobernabilidad, tiene estos días un pequeño catarro desestabilizador que habrá de pasar, como pasan los catarros. Consiste en el desmoronamiento de organizaciones políticas que no fueron vacunadas a tiempo; una de las cuales podría ser la que se encuentra en el disfrute del poder. El transmisor del virus está preso en los Estados Unidos, acusado de narcotraficante y que a cambio de una amnistía parcial está narrando cómo se desarrollan las elecciones en Guatemala y en su confesión revela que de su depósito de dólares sacó unos millones y los utilizó para financiar a un partido político que participó en las elecciones generales celebradas en 2015.

De esa forma de hacer política se habla desde hace tiempo, de manera que lo importante es que estos días en un tribunal de justicia de los Estados Unidos ese guatemalteco, protagonista de primera línea en el tráfico internacional de drogas, cuenta cómo ha dado dinero a los políticos. Sistema añejo, que mezcla crimen organizado y política partidista, una de cuyas primeras manifestaciones se dio el 4 de abril de 1961, durante el Gobierno del general Miguel Ydígoras Fuentes, cuando el gánster estadounidense Carlos Marcello llegó a nuestra capital, deportado por el Gobierno estadounidense.

¿Por qué el fiscal Robert Kennedy lo envió a Guatemala? Porque en su pasaporte aparecía como originario de San José Pinula y, en efecto, en el libro de nacimientos del registro civil de ese municipio había una partida de nacimiento, falsificada, que documentaba el nacimiento en ese lugar del gánster deportado. El presidente guatemalteco, se ha dicho, no tuvo conexión con Marcello. En cambio no puede decirse lo mismo de su ministro de Gobernación.

Y, ¿qué tiene que ver Carlos Marcello con la política de Guatemala? Pues que fue uno de los impulsores de la intervención estadounidense en nuestro país que en 1954 culminó con la caída del presidente Jacobo Árbenz Guzmán. Y medio siglo después otro acusado de narcotraficante pone en aprietos a la actual democracia descalza de Guatemala; lo cual significa —si se llegara a probar lo dicho por el denunciante— que la hebra de la política no se rompe. Continúa en manos de quienes saben cómo usarla para controlar el país.

Lo ocurrido corrobora que varios de los problemas que surgen en los organismos del Estado tienen su origen en los partidos políticos.