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Un nuevo amanecer

Editorial

Jorge Jacobs

Esta semana tuve la oportunidad de visitar Tzununá, en el Lago de Atitlán. Durante los últimos cuatro años, allí se ha llevado a cabo un experimento social interesante. En la Cervecería Centroamericana, a través de la Fundación Castillo Córdova, realizan un proyecto de desarrollo comunitario integral que, de ser exitoso, pudiese ser replicable en cualquier población. El resultado es, como mínimo, impactante.

Tzununá era una población como muchas otras del área rural de Guatemala, con poco acceso a servicios, con graves problemas sanitarios y de desnutrición crónica, y en especial con pocas esperanzas de un futuro mejor. Entiendo que fue el alto nivel de desnutrición crónica infantil —76.5%— lo que hizo que se acercara la Fundación a esta población. Sin embargo, con base en experiencias anteriores, decidieron que era importante no solo involucrarse en el tema de la nutrición, sino también en otras áreas —en particular en salud, educación, infraestructura, gestión ambiental y de riesgos y en la empresarialidad— para lograr que los cambios fuesen permanentes y autosostenibles.

A primera vista, lo que resalta es la infraestructura, especialmente porque el primer contacto que uno tiene con el pueblo es el nuevo Centro de Salud y Nutrición construido gracias a los aportes que dieron los trabajadores de la Cervecería. Luego están las calles empedradas, las escuelas, los centros de capacitación y el centro de clasificación de desechos.

Pero cuando uno habla con las personas se percata de que los cambios son más profundos. El proceso ha pasado por capacitaciones de todo tipo, desde aquellas que les han permitido a las mujeres mejorar su autoestima hasta aquellas por las que han entendido y aceptado nuevas tecnologías, como las de las estufas ahorradoras de leña, letrinas aboneras, filtros de agua e instalaciones de aguas servidas a pozos de filtración.

Lo que más me impresionó fueron los resultados del fomento de la empresarialidad. Varios de los lugareños han abierto nuevos negocios como panadería, tiendas, librerías, ferreterías y hasta un comedor. Me impresionó especialmente el productor de tomates que obtuvo un préstamo semilla para poner su primer invernadero y ahora, con lo que ha ido produciendo y ahorrando, ya está construyendo dos más y con planes para multiplicar los invernaderos y llegar a tener por lo menos veinte en el próximo par de años.

Y así como él, otras señoras construyeron en su patio trasero un invernadero especial para producción de hongos ostra —tanto los hongos, los tomates, como también otra producción de albahaca serán comprados por una pizzería de la capital—. Conocí también a un señor que en su terreno construyó unas pilas para la crianza de peces que luego son vendidos localmente. Tuve también la oportunidad de ver cómo un productor de café de Huehuetenango ha estado capacitando a varios pequeños caficultores del área para mejorar su producción y llevarla a nivel de exportación, aprovechando que están en la altura ideal para los cafés de mejor calidad.

El propósito original, reducir la desnutrición crónica infantil, se está logrando a tasas incluso mayores que las de los mejores ejemplos en Latinoamérica; pero lo más importante es que la transformación de las personas permitirá que Tzununá se convierta en un ejemplo de superación para muchas comunidades. Las personas con las que tuve la oportunidad de conversar tenían en su mirada esa convicción de que saben que están mejorando y que pueden mejorar mucho más, si se esfuerzan y trabajan. Ya saben que es posible. Ya saben que depende de ellos.

Fb/jjliber