Opinión

EDITORIAL

Con Fidel Castro acaba la Guerra Fría

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Es muy difícil analizar con serenidad la figura de Fidel Castro, cuya muerte la noche del viernes pasado significa el final simbólico de la Guerra Fría en América Latina, y de  su indudable e innegable etapa histórica. Tiene simbolismo, porque así como se desvaneció la era  de confrontación entre las grandes potencias de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, la vida e importancia de este líder indiscutido en su tiempo comenzó a desaparecer junto con su salud desde el abandono de su cargo, hace 10 años. 

Castro puede ser analizado desde varios puntos de vista ajenos a lo ideológico y basados en los hechos. Tendrá   un resultado positivo si se le analiza como el líder que derrocó a un gobierno de corrupción y criminalidad totales, como era el de  Batista,  si se le ve solamente como el gobernante llegado por una revolución, que llevó a su país a tener significativos avances en educación, salud pública y  deportes. 

Pero es imposible no calificarlo de dictador despiadado al analizar su terrible récord en derechos humanos,  libertad política, derecho a la disidencia. Conceptos como el de libertad de emisión del pensamiento y de prensa simplemente eran y siguen siendo impensables aun ahora que el heredero del mando, su hermano Raúl Castro, trata de adaptar a la Isla a las condiciones del mundo actual, distinto y con otros problemas.  

La economía castrista tuvo y sigue teniendo una situación absolutamente precaria. El país subsistió en mucho por el apoyo de  países como la Unión Soviética y la Venezuela chavista. Castro provocó, además, un obligado y doloroso éxodo de ciudadanos de todas edades, educación y clases sociales, que no se puede justificar con el argumento de ser contrarrevolucionarios o afines al  “batistato”, sino víctimas de los abusos ya presentes desde los sesenta.   

Las condiciones geopolíticas de la Guerra Fría provocaron que en 1963 el mundo estuviera a punto de la Tercera Guerra Mundial debido a la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba. En ese momento quedó clara la importancia estratégica de un país tan cercano a Estados Unidos, gobernado por un régimen hostil.  

Guatemala no quedó libre de la influencia de Castro. Exportador de revoluciones, decidió cobrarse la participación guatemalteca en el entrenamiento de quienes intentaron la invasión de Bahía de Cochinos, también en 1963, fracasada al no recibir el apoyo estadounidense prometido. Años después, puso en orden a la desordenada y anárquica guerrilla guatemalteca, y de hecho creó la URNG, que luego fracasó en su intento de tomar el poder.  

Un logro simbólico final de Castro y su hermano es el tácito fracaso del embargo comercial impuesto por Estados Unidos por tantas décadas. Hombre de su tiempo, ya es hoy parte de la historia del mundo, como ya lo ha sido desde hace algunos años para la mayoría poblacional latinoamericana de la actualidad, ajena a las realidades de la Guerra Fría y preocupada e interesada en temas que son ajenos a lo ideológico.  Pese a ello, es imposible  negar la importancia de Fidel Castro como alguien que influyó, para bien o para mal, en las vidas de millones de cubanos y de latinoamericanos de entonces y de hoy.