Opinión

Ventana

Una luz en Jocotán

Rita María Roesch

Rita María Roesch

A finales de este mes de septiembre, el Congreso aprobó la Ley de Alimentación Escolar en el área rural. La ley incrementó de  Q1.11 a Q3  diarios por niño  para el  2018, y a  Q4  para el   2019. Vamos rezagados  en este tema de     vida o muerte  porque  la mitad de la población infantil  padece  altos niveles de  desnutrición. Si en las escuelas se empezara entregando, al menos,   una  merienda nutritiva, principiaría el  cambio que  marcará  una diferencia en  sus vidas.  La  ley exige que  los menús se basen en los  productos locales donde se encuentre la escuela.

En artículos anteriores he sugerido transformar los centros escolares en “escuelas para la vida”. En ellas “crecerían las semillas de las ceibas futuras”, agregó el Clarinero. Por eso me alegró mucho el reportaje de Mario Morales, en la pág. 20 de Prensa Libre, el 24 de octubre, con el título Refaccionan pescado. Morales narra que en la Escuela Oficial Mixta Los Vados, en Jocotán, Chiquimula, doscientos sesenta estudiantes habían recibido, por primera vez, una refacción que contenía pescado, arroz, ensalada y refresco natural. ¡Una luz en Jocotán!, pensé. Hablé con José Ramírez, asesor técnico del proyecto, y confirmó que era una iniciativa de la FAO, Naciones Unidas. El Gobierno del Brasil y la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Amexcid, son los donantes. Imaginé que al fin en una aldea del Corredor Seco se daba el primer paso para crear un ecosistema, donde los niños, la escuela, los maestros, las familias, los productores de las comunidades locales, el sector público y la comunidad internacional se unen para contribuir al desarrollo de su población joven. A continuación, mi reflexión.

En esta escuela Los Vados están empezando a crecer ocho de las 10 semillas de grandeza que, en mi opinión, se requieren para salvar a esta generación de niños y niñas chapines. Si este proyecto es exitoso y se replica a nivel nacional, Guatemala tendrá futuro. La primera semilla de grandeza es haber puesto a la comunidad de acuerdo en que las niñas y los niños son primero. A nivel nacional, la niñez no es prioridad. La segunda semilla de grandeza es que la gente comprendió que, además del hogar, la escuela es la casa natural de los niños y de las niñas durante sus primeros años de vida comunitaria. A nivel nacional, no se le da importancia a lo que ocurre en las escuelas. La tercera semilla de grandeza tiene que ver con la responsabilidad de los maestros en el futuro de sus estudiantes. A nivel nacional no existen compromisos entre maestros y alumnos. La cuarta semilla de grandeza es que la escuela se convierta en el centro de convergencia de los padres de familia porque quieren un mejor futuro para sus hijos. Reconocen que el entorno donde crecen incide en sus vidas. En cambio, a nivel nacional, las familias están dispersas, sobreviven cada una por su lado. La quinta semilla de grandeza es que, en Jocotán, los agricultores y los que han aprendido a cultivar tilapia se pusieron de acuerdo para ofrecer una merienda nutritiva a los estudiantes. A nivel nacional no existe esa relación entre quienes producen los alimentos y las dietas de los niños. La sexta semilla de grandeza es el trabajo interministerial. Se aliaron Mineduc y el Maga. Falta incluir al Ministerio de Salud para completar la atención básica. La séptima semilla de grandeza es el apoyo internacional que reciben. En este caso, la FAO y los donantes. Dejarán huella si esta iniciativa se replica a nivel nacional. La octava de las semillas de grandeza es la conciencia, que nos une a Dios, a la naturaleza y al bendito trabajo de la gente. ¡Si estas semillas de grandeza crecen en el Corredor Seco pueden crecer en toda Guatemala!

clarinerormr@hotmail.com