Opinión

Encrucijada

Una política cambiaria para el crecimiento

Juan Alberto Fuentes Knight

Juan Alberto Fuentes Knight

El Banco de Guatemala tiene el mérito de haber favorecido un mayor conocimiento acerca de las relaciones entre la política monetaria y cambiaria y el crecimiento económico. Lo hizo en sus Jornadas Económicas anuales, llevadas a cabo la semana pasada. Conviene identificar al menos tres conclusiones de los expositores —lamentablemente solo hombres— invitados al evento, sin negar que hubo matices y que en una columna no se puede resumir todo lo expuesto.

Se destacó, en primer lugar, el papel amortiguador del tipo de cambio, especialmente la conveniencia de contar con un tipo de cambio con flexibilidad para permitirle a la economía ajustarse a choques externos. Ante aumentos de los precios de las importaciones y caídas de los precios de las exportaciones conviene permitir la depreciación del tipo de cambio, o consentir una apreciación cuando ocurre lo contrario. La experiencia de países sudamericanos, con el auge y caída de los precios de sus exportaciones de minerales e hidrocarburos, sirvió para ilustrar este caso. Ante este tipo de choques externos, que también pueden incluir entradas o salidas de capitales, resulta conveniente permitir ajustes del tipo de cambio y no acudir solamente a aumentos o reducciones de la tasa de interés para lograr los ajustes correspondientes.

Sin embargo, la respuesta de las autoridades no puede limitarse simplemente a dejar “flotar” al tipo de cambio. Una segunda conclusión que merece destacarse es que las autoridades deben contribuir a asegurar una convergencia entre las tendencias a las que apuntan los mercados cambiarios y financieros, que no siempre coinciden, y la política monetaria, fiscal y de regulación, que también incide en los mercados. Al final de cuentas, la evolución del tipo de cambio es el resultado de un complejo entramado de factores, internos y externos, y con impacto en la economía real. A veces son convenientes acciones gubernamentales decididas, como cuando se da un “efecto de manada” en que algunos agentes económicos provocan que todos los demás los sigan, como ha ocurrido con las salidas o entradas repentinas de capitales, sin que los mercados aseguren un restablecimiento espontáneo de equilibrios.

Tercero, un tipo de cambio subvaluado o poco competitivo —como puede interpretarse el tipo de cambio actual de Guatemala, cercano a 7 quetzales por dólar, aunque este dato no fue mencionado por los expositores— puede dañar al crecimiento económico. En particular, un tipo de cambio competitivo, supongamos que de 10 quetzales por dólar, puede favorecer el crecimiento al premiar con más ingresos a los que producen para exportar o para sustituir importaciones.

La producción de leche puede ejemplificarlo. Actualmente Guatemala importa mucha leche, pero un tipo de cambio competitivo le daría más capacidad para sustituir importaciones de leche y eventualmente para exportarla. Generaría crecimiento y empleo, como lo hará la empresa mexicana Lala, que pronto comenzará a producir leche en Guatemala y que capacitará a numerosos trabajadores y proveedores. Con un tipo de cambio competitivo, y siempre que exista ahorro para financiar la inversión, la producción nacional podría sustituir más importaciones de leche, además de exportarla. La producción de este tipo de bienes o servicios, que sustituyen importaciones o que son exportados, como los de la industria lechera, da lugar a aprendizaje y a efectos favorables para el crecimiento económico. Contrasta con la construcción de centros comerciales y con los negocios que venden bienes importados, actualmente beneficiados por el tipo de cambio de 7 quetzales por dólar. Felicitaciones al Banco de Guatemala por abrir al debate público un tema absolutamente central para el crecimiento de nuestro país.

fuentesknight@yahoo.com