Opinión

Con nombre propio

Vivir sin riesgos

Alejandro Balsells Conde

Alejandro Balsells Conde

La Ciudad de Guatemala está en el Valle de la Ermita porque una serie de terremotos destruyó la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, capital de la Capitanía General de Guatemala (1541-1776) erigida en el Valle Panchoy, los terremotos de Santa Marta la destruyeron y se decidió el traslado, pero antes en el Valle de Almolonga se había también destruido la ciudad por correntadas de piedra, madera y lodo que bajaron del Volcán de Agua, hoy la conocemos como Ciudad Vieja.

El 25 de diciembre de 1917, la celebración de Navidad fue sorprendida con un gran terremoto, y el 4 de febrero de 1976 otra vez un terremoto nos azotó. En ambos fenómenos las víctimas fueron miles y los daños, impresionantes, y acá hablamos solo de la capital.

En cada invierno está el temor de que un Mitch, un Stan o cualquier otra tormenta haga estragos, el 7 de noviembre del 2012 un terremoto nos dio duro y San Marcos sufrió las consecuencias. En octubre del 2015, un deslizamiento provocó destrucción en El Cambray 2, municipio de Santa Catarina Pinula y cerquita de la zona 10. En este lugar se habían erigido casas con autorizaciones municipales y créditos bancarios; no había precariedad.

Si hemos cambiado de lugar la capital por fenómenos naturales, los temblores son parte del paisaje, las tormentas son esperadas, ¿por qué vivimos tan fuera del riesgo?

En la mañana del domingo, la noticia era que el Volcán de Fuego estaba otra vez en erupción, lo cual no extrañaba a nadie, hemos gozado con sus fumarolas y hay turismo para verlas. Al salir de almorzar de un restaurante en la zona 1, tipo 2 y pico de la tarde, una rara arena se sentía y luego de caminar una cuadra molestó. Al llegar al estacionamiento los vehículos estaban cafés y con candidez pensamos: “otra vez todo se cubrirá”.

La radio informaba generalidades, no había que utilizar parabrisas, quienes caminaban debían usar mascarillas, la Antigua está cubierta de arena y tierra y salió la multiplicación de bromas en redes y, de hecho, fui de quienes bromeó, sin tener la menor idea de lo que se venía minutos después; de ahí las disculpas que cientos de internautas de todos los colores hemos ofrecido.

La Reunión, un exclusivo hotel, campo de golf e instalaciones deportivas situado en Alotenango había sido desalojado por prevención. No tenemos ni idea de cuántas veces ese lugar había sido desalojado, pero, un día domingo, sacar a clientes y trabajadores, sin duda fue extremo. Ese desalojo fue un poco antes de la una de tarde.

La comunidad de San Miguel Los Lotes, de la aldea El Rodeo, situada un poco más abajo de La Reunión, es el principal sitio de destrucción y es lógico suponer que no todos contaban con vehículos y, en consecuencia, la logística era más compleja si debía desalojarse. Muertes, daños, desaparecidos muestran una vez más la vulnerabilidad y la ausencia total en asunción de riesgos.

Mientras en La Reunión practicaban un desalojo preventivo, en una aldea cercana la vida continuaba normal y es acá donde debemos preguntarnos: ¿y la municipalidad qué hacía? Nadie está libre de una tragedia de esta magnitud, pero mientras nuestras autoridades, sean las que sean, no asuman los riesgos, todo esto se repetirá una y otra vez. Es evidente que el modelo de Conred debe reinventarse.

En la Ruta Nacional 14 hay (o había) un puente Bailey desde hace años, porque acá “los paramientras son eternos”. Ese puente es un buen monumento para evidenciar que perdemos más de lo que deberíamos, porque el dolor ajeno es siempre eso: ajeno. Sin embargo, por ajeno que parezca el dolor, la solidaridad se desborda al ocurrir la tragedia, la sociedad responde, la que queda en deuda siempre es la institucionalidad.