Opinión

EDITORIAL

Vulnerables ante bandas criminales

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Esta semana se informaba en nuestras páginas de la ofensiva criminal que han emprendido pandilleros en el populoso barrio Jocotales, perteneciente al municipio de Chinautla, pero con gran influencia por su cercanía con otros barrios colindantes con la zona 6 capitalina, donde hasta ahora ha sido prácticamente nula la acción de las fuerzas de seguridad.

En buena parte de esos sectores, numerosos vecinos buscan superar la precariedad económica, pero se han encontrado con el valladar que imponen los delincuentes, que con total impunidad han sembrado el terror y exigen extorsión a los pequeños comercios, con lo que se hace virtualmente imposible operar esos negocios y, de manera colateral, se degrada la vida de miles de vecinos.

Pero uno de los agravantes del exceso en que incurren los pandilleros es que las denuncias que algunos comerciantes dirigían a la Policía rápidamente eran transmitidas a los mareros, quienes regresaban con la privilegiada información a amedrentar a los vecinos quejosos.

Ante ese panorama, algunos pequeños comerciantes optaron por huir de esa zona y otros más han logrado sobrevivir cumpliendo con los criminales requerimientos, sin que las autoridades hayan logrado ponerles coto. El peor de los casos es el de aquellos propietarios de pequeñas tiendas que desafiaron a los extorsionistas y en un acto de valor se negaron a hacer efectivas las exacciones, pero pagaron con su vida la osadía.

Estas consideraciones son relevantes, porque lo que ocurre ahora en Jocotales también sucede en muchos otros barrios, donde ya no solo los comerciantes pagan con su vida o con dinero las demandas de los antisociales, sino que también muchos vecinos se convierten en blanco de las desalmadas maras.

La principal preocupación es la parsimonia con la que actúan las autoridades y, en otros casos, su actitud cómplice ante requerimientos que son intolerables, porque desnuda un cuadro de terror propio de países en guerra, donde los criminales pueden operar a sus anchas e imponer condiciones.

También ese cuadro de zozobra debe ser puesto en su justa dimensión, porque muchos de los capos de las extorsiones pueden actuar tan impunemente porque es muy probable que cuenten con la colaboración de autoridades cuya función es precisamente combatir al crimen, una preocupación que se ratifica cuando se observa que apenas el miércoles la Policía Nacional Civil capturaba nada menos que a un agente de la División Especializada de Investigación Criminal, a bordo de un vehículo de esa institución, junto con un exfiscal de Narcoactividad y Extorsiones.

Esos hechos, aunados a lo que ocurre en la actualidad en amplios sectores de la zona 6 y de Jocotales, acrecientan los temores sobre los alcances de los nexos de fuerzas de seguridad con malhechores, lo cual plantea un duro reto no solo para la población que está a merced de poderosas estructuras del crimen, sino también para las autoridades, que deben lidiar con delincuentes dentro de sus propias filas.