Opinión

Aleph

Paz y seguridad: bienes escasos

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Acumulamos kilómetros de leyes y sentencias condenatorias a lo largo y ancho del planeta, poseemos cada día más y mejores armas para exterminarnos unos a otros, y afirmamos ser los cracks tecnológicos del universo, pero ya casi no queda en el mundo un rincón seguro en el cual vivir. El contraste entre la civilización del espectáculo y la información, los flujos migratorios, el hambre, las violencias y los recientes ataques terroristas en Turquía y Bélgica dejan un sabor amargo en la boca, una sensación en el cuerpo que se torna cada vez más conocida: una mezcla de impotencia, cansancio, rabia, tristeza, frustración e incertidumbre.

Y vamos descubriendo que el odio no es lo contrario al amor, sino la indiferencia hacia la vida. Y vemos la foto que le da vuelta al mundo, en la cual un bebé de nacionalidad siria gatea en un campo de refugiados, frente a un contingente armado hasta los dientes, que no tiene permiso de inmutarse ante lo humano. Y vemos la imagen de dos que se besan agradeciendo estar vivos luego del atentado terrorista en Bruselas, frente a uno de los heridos que yace en el suelo con el cuerpo lleno de sangre. Y no entendemos. En lo profundo no entendemos.

En la superficie de los últimos atentados en el metro y aeropuerto de Bruselas, lo obvio: hay un grupo significativo de población musulmana en Bélgica, lo cual significa que ISIS tiene gente in situ para reclutar. Pero eso sucede en muchos otros países, lo cual hace que no sea una variable tan significativa para el análisis. Por otra parte, los atentados se produjeron solo cuatro días después de que fuera capturado en Bruselas Salah Abdeslam, el único sobreviviente del comando que llevó a cabo los ataques yihadistas en París, en noviembre del año pasado. Después de ser capturado, Abdeslam dijo que “estaba listo para volver a empezar algo” en Bruselas. Esto conlleva una explícita amenaza. Pero, finalmente, lo que sí es una variable a considerar es que en Bruselas están la Secretaría General del Consejo de la Unión Europea y el cuartel general de la Otán. O sea que, estratégica y simbólicamente, le apuntaron al corazón de Europa y a lo que esa Europa representa hoy para ellos.

El boomerang regresará a ISIS convertido en un rechazo aún mayor del mundo entero, y le dará a los más reaccionarios motivos suficientes para rearmar las estrategias neofascistas que hemos venido olfateando en el aire. Pero esto es lo obvio, como ya dije antes. Tan obvio como que las víctimas de estos atentados nos duelen, y como que nuestros parámetros de seguridad se han movido enormemente en todo el planeta. Pero en el fondo, ¿de qué se trata esa macabra escalada de actos terroristas, sino de relaciones de poder? Está claro que hay variables culturales, históricas, económicas, territoriales y políticas que han marcado la existencia de los distintos terrorismos que conocemos. Pero, por otro lado, siempre me pregunto ¿qué hace que el mundo entero encienda una luz por los 34 muertos de Bruselas y que nadie vea que existe un país como El Salvador, por ejemplo, donde muere el mismo número de personas en hechos de violencia en un solo día, cada día? ¿Qué hace que unos muertos sean más muertos que otros? ¿Hasta dónde hemos acompañado, la mayoría de nosotros sin querer o sin querer ver, estos procesos que atentan contra la paz y la seguridad de una especie que presenta síntomas de decadencia y de extinción? En fin, un día cualquiera despertamos, tomamos el celular que está en la mesa al lado de la cama, nos ponemos los anteojos y buscamos las novedades en Twitter. Y luego de ver más muerte, nos levantamos, arrastramos los pies, y nos morimos un poco también.

cescobarsarti@gmail.com