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29/01/13 - 00:00 Opinión

MIRADOR

¡Un poquito de por favor!

El arresto en Honduras de una diputada guatemalteca y de cuatro de sus guardaespaldas, todos ellos portando armas, me dejó patidifuso. La honorable, que acarreaba cinco tolvas en el bolso, más parecía ir a la guerra que a dejar a un pariente en la Universidad. Quizá vio aquella película —Perfume de mujer— en la que el coronel llega al college a defender al chico pero, por mirar la versión pirata, no percibió, seguramente, que el militar iba sin armas y creyó que debía cargar ese arsenal con el que fue capturada.

PEDRO TRUJILLO

Dicen que Clint Eastwood la ha excluido para protagonizar la versión tropical de “El bueno, el feo y la mala”. Al veterano actor no le gustó el grabado de la pistola con iniciales en oro porque se parecía a aquella de “Cobra” que protagonizara Sylvester Stallone, encarecía demasiado la producción y sustancialmente la encholeraba, aunque él lo dijo en inglés. Hablan de militarización de la política, pero ¡ojo con los civiles!, pueden ser mucho peor.

Otra particular diputada, no exenta de protagonismo mediático, blandió en el hemiciclo un adminículo eléctrico con el que amenazó despiadadamente a un colega misógino. Tras activarlo, lo amedrentó con el ruidito que producía, similar, dicen, a un estimulador sexual femenino, aunque ella asegura que se trataba de una linterna que llevaba en el bolso por seguridad puesto que “hay mucha violencia en el país”.

Me llega la avezada diputada con sus soluciones pacifistas y técnicas modernas de defensa. Deslumbrar al adversario con una linterna, en caso de ataque, puede ser el principio estratégico de la lucha contra la crimen en el futuro, ¡una nueva generación de guerra! Ministro Bonilla, ¡aprenda!, y dote a los muchachos de lámparas para combatir el crimen ¡No compre pistolas! En lugar de balas usarían baterías triple A de larga duración, más baratas, inofensivas y desechables. Existen, sin embargo, dudas sobre el aparatito de marras y si las descargas que produce son para paralizar a delincuentes o para subir las endorfinas en momentos pasionales íntimos. ¡Cuidado señor Taracena por dónde le meten los voltios!

Otros honorables nacos, expertos en coreografía circense, llevan al Congreso cohetillos, pancartas o megáfonos para llamar la atención. Escolares inquietos con elevado grado de chabacanería barriobajera que patalean durante las sesiones o miran chicas desnudas en el celular o en la computadora que, por cierto, les pagamos. Otros, menos sofisticados intentan sobornar a periodistas con cantidades míseras y ofensivas —Q2 mil— que ni siquiera cubren el costo de la canasta básica. Comportamientos todos ellos shumos que desdicen de la magnificencia y grandiosidad del cargo que ostentan. Prefiero los diputados de antes. Robaban con fina ingeniería financiera mientras sonreían sin perder la compostura.

Transaban estratosféricas comisiones por otorgar obras o asignar proyectos. Viajaban en primera clase con fondos públicos para asistir a inútiles eventos que justificaban de “gran interés e importancia para el país”. Se ha perdido la elegancia y el glamur se ha sustituto por la muquez. El encanto ha sufrido una metamorfosis y la ordinariez luce con todo su esplendor. Roban y engañan como siempre, pero el delito no viene envuelto, como antes, en papel de seda con moña de colores, aunque nos lo sigan cobrando al mismo precio. De tener un Congreso corrupto, mañoso e inútil, tengámoslo, al menos, con glamur y no repleto de cachimbiros. Somos un país pobre, violento y atestado de delincuentes, pero exijamos un poquito de garbo y donaire que suavice la vida cotidiana. De lo contrario, ¡qué vulgaridad!

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