Opinión

LA BUENA NOTICIA

Puerta Santa en Jutiapa

Víctor M. Ruano

Víctor M. Ruano

En Moyuta, “La Nereida del Pacífico”, el obispo de Jalapa, Julio Cabrera, inauguró ayer el Jubileo Extraordinario de la Misericordia abriendo la Puerta Santa para que las comunidades cristianas, desde Jalpatagua hasta la costa del Pacífico, experimenten el amor fiel de Dios. Hoy, en la Ciudad de Jutiapa, “La Cuna del Sol”, hace lo mismo en el templo San Cristóbal, con la presencia de los presbíteros y feligreses de ese decanato, que peregrinarán desde Agua Blanca hasta Acatempa y desde Jerez hasta Quesada.

El simbolismo de la Puerta de la Misericordia del templo San Cristóbal es invitación a asumir los valores de la cultura Xinka; es llamada a vivir en Misión Permanente al estilo de las Santas Misiones Populares, para llevar a todos “la medicina de la misericordia” al modo de Jesús el Buen Pastor, “que carga sobre sus hombros al hombre perdido”. Con el lema ‘Misericordiosos como el Padre’ nos proponemos “vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino perdonar y amar sin medida”.

Para estos pueblos excluidos socialmente, pero indignados por la “llaga putrefacta de la corrupción”, hartos de la voracidad de políticos sin escrúpulos, decepcionados de muchos jueces vendidos al mejor postor e impotentes ante las acciones de las organizaciones criminales, el Año de la Misericordia es el tiempo para no vivir sumisos ante quienes sostienen esas estructuras perversas, sino para rechazarlos y denunciarlos, porque quienes se mueven en los bajos mundos de la corrupción y la criminalidad socavan profundamente la legalidad y la justicia, dañan el corazón de la dignidad humana y de los pueblos, y ofenden gravemente a Dios.

Los corruptos y criminales son los responsable de la violencia generalizada, de la injusticia institucionalizada y de la extrema pobreza que obstaculizan el desarrollo integral de estos pueblos y aldeas. Pero también para esta gentuza que tanto daño le ha hecho a la sociedad, este es el tiempo para cambiar de vida, para dejarse tocar el corazón, y sobre todo para escuchar el grito de las víctimas; es decir, el momento de escuchar el clamor desgarrado y el llanto de todas las personas inocentes desposeídas de sus bienes, de su dignidad, de los afectos, de la vida misma.

Más allá de esa dura realidad tan deshumanizante, este tiempo que la Iglesia propone al mundo bajo la consigna de que “la misericordia es la viga maestra” que sostiene y promueve la vida de la Iglesia, será un tiempo para llegar “al corazón del evangelio, a su núcleo, a su belleza, a su frescura original”; un tiempo para tomar conciencia de los pecados “personales e institucionales en la Iglesia” y en la sociedad, bajo la ternura de Dios; un tiempo para forjar una iglesia misericordiosa en toda su acción pastoral y misionera, impulsando “la revolución de la ternura” y afianzando “su credibilidad” que “pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo”.

La Iglesia en Guatemala inicia con el Año de la Misericordia, un proceso de renovación de la parroquia. Es hora de devolverle a la parroquia su rostro profético y liberador, asumiendo las causas de los más empobrecidos y poniéndose al servicio del Reino.