Opinión

Catalejo

Sangriento derrumbe del daniel-rosarismo

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Inmersos en la dura realidad actual en Guatemala, y acicateados por ese inconsciente “capitangeneralismo” ancestral al respecto de los demás países centroamericanos, los guatemaltecos en general nos hemos  interesado poco o nada sobre lo acontecido desde hace un par de semanas en Nicaragua. Allí, miles de ciudadanos, incluyendo al sector privado organizado, hasta hace poco socio de un tipo de gobierno cuyo apelativo mejor es el de “danielrosarista”, se han lanzado a las calles, a costa de su vida, para enfrentar a quien encabeza un gobierno peor al de la dinastía de los Somoza, aferrado al poder y causante de la muerte de un centenar de ciudadanos, sobre todo jóvenes veinteañeros.

Nicaragua, hace cuatro décadas, fue el escenario del movimiento sandinista para derrocar a la dictadura del Somoza de turno, uno de cuyos amarres era la relación existente entre él y el sector privado prácticamente a todo nivel. Al triunfar Daniel Ortega y los demás sandinistas, el istmo centroamericano de alguna manera se estremeció a causa de las posibles consecuencias. El sandinismo apoyó a los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala, aunque en varios casos se prestó a castigar —con cárceles húmedas y torturas psicológicas— a integrantes de la guerrilla no anuentes a seguir las condiciones y las órdenes emanadas desde las comandancias. Por esto comenzó un desgrane del sandinismo para causar el nacimiento del orteguismo.  Pero ese es otro tema.

Hasta hace poco, el sistema orteguista parecía funcionar. Incluso sus menos entusiastas alabadores señalaban el avance económico, la inversión de capital centroamericano, sobre todo guatemalteco, proveniente del sector privado. Este último no pudo o no quiso prever la precariedad de la situación, vulnerable a una potencial   rebelión social masiva. Esta se materializó a causa de la decisión de aumentar los aportes para el seguro social. Todo esto ya es conocido, pero no todos los guatemaltecos ven en ello la causa de la decisión por la cual Daniel I y Rosario I se destaparon como una pareja capaz no solo de cambiar las leyes para beneficiarse, sino de abrir fuego contra gente desarmada, aunque sin duda algún infiltrado haya hecho lo mismo, porque en ese río revuelto, por lo menos algún pescador sacará ganancias.  

La historia la repiten quienes la desconocen o se niegan a entenderla, como sin duda es el caso de la “pareja real” gobernante en Nicaragua, ahora abandonada no solo por los viejos sandinistas, muchos de los cuales se retiraron con una mezcla de asco y de tristeza, al ver los cambios de 180 grados en una revolución fallida, ahora en manos de quien fue sacado por la vía de los votos cuando ganó doña Violeta Barrios de Chamorro, y regresó por esa misma vía para permanecer por varios períodos de elecciones ganadas gracias a huizachadas. La bella Nicaragua parece condenada a la mala suerte: la dictadura de los Somoza, pero en especial la última, era una especie en vías de extinción. La de Ortega es un total atraso histórico, un dinosaurio.  Por eso alabarlo o no entender esta realidad resulta también prehistórico.

Daniel Ortega y Rosario Murillo no durarán. El problema surge entonces al preguntarse ¿qué sucederá inmediatamente, y después? Esa duda no es solo en Nicaragua, también existe en El Salvador y Guatemala. Honduras ya tambalea y  Costa Rica comenzará pronto a hacerlo en cuanto ocurran los efectos de tener en el mando a gente sin experiencia y con intenciones aún desconocidas realmente. Es válido entonces preocuparse desde los países importantes para el istmo por el futuro de la zona, donde reina el narcotráfico, la corrupción campea, la educación casi no existe, la salud es precaria… Y preocupa el desapego de los guatemaltecos ante los sucesos de Nicaragua, así como la incomprensión de los vasos comunicantes entre las cinco parcelas.