PARALELO 30

¿Satanizar al mercado?

Samuel Pérez Attias

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“El mercado”, entendido como el intercambio en libertad de propiedad privada, a través de un medio común, es un mecanismo sorprendentemente eficiente. En la teoría, si los mercados fuesen perfectamente competitivos, el sistema de precios regularía por sí mismo la distribución de cualquier bien o servicio que satisfaga necesidades y gustos. Por ejemplo, un producto necesario para producir, con pocos sustitutos, difícil y costoso de extraer y lento en renovarse mostraría precios más altos conforme su demanda crece en el tiempo. Una industria con más competencia tendería a bajar precios cuando los productos son homogéneos o mejorar calidad de estos, diferenciándolos. Sin embargo, al pretender aplicar ese sistema en todos los aspectos humanos, relacionados con la satisfacción de necesidades —es decir como un modelo político-económico y social hegemónico—, el sistema se complica. Primero, porque los mercados no son perfectamente competitivos y no se regulan solo por los precios; segundo, porque si los insumos productivos se concentran, los mercados tienden a perder su dinamismo competitivo sujetándose al precio discrecional en la materia prima; tercero, porque los precios no reflejan costos ambientales o sociales; cuarto, porque muchos productos compiten entre ellos a través de la diferenciación real o inducida mediante la publicidad —¿por qué prefiere usted cierta marca de agua pura embotellada por sobre otra, teniendo incluso acceso a agua “del chorro”?—. Los mercados, al ser aplicados en todos los ámbitos de la vida en sociedad como un sistema político-económico, muestran fallos. Al no ser infalibles y presentar falencias en sus supuestos, la teoría económica ortodoxa es también cuestionable y sujeta a revisión y crítica. Es por ello que, en economía, muchas teorías sobre la visión ortodoxa o respecto de sistemas económicos alternativos se debaten en la academia con fuertes argumentos. La teoría de mercados ortodoxa no ha logrado suplantar otras teorías fuertemente argumentadas. De hecho, el argumento de eficiencia es ponderado por el argumento de equidad, por ejemplo.

Recordemos que el ser humano es multidimensional y es debatible reducirlo a nada más que un consumidor o productor neto de bienes tangibles o intangibles. Los mercados implementados en aspectos sociales con sus esperadas imperfecciones evidencian consecuencias positivas y negativas. Para algunas personas o grupos humanos, más positivas que para otros. El mercado presenta fallos, pero no por eso hay que descartarlo. Así las cosas, debemos nutrirnos de argumentos para poder analizar con más elementos el sistema económico en el que vivimos y en el que interactuamos sin haberlo escogido. Para tener una opinión más balanceada podemos aprender de los argumentos, siempre que sean sólidos (Ej. De los amigos libertarios —no fundamentalistas—, que defienden “su verdad”, así como de los argumentos de marxistas, animistas, estatistas o cualquier otra escuela de pensamiento que también lo hace).

Es importante, eso sí, evitar el dogmatismo de quienes ciegamente les echan porras o satanizan a los mercados —o al Estado— sin mucho más que especulaciones, intereses monetarios, prejuicios o fundamentalismos irracionales. Satanizar los mercados no es serio, como tampoco lo es glorificarlos dogmáticamente.

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