Opinión

VENTANA

Sinagoga musulmana

Rita María Roesch

Rita María Roesch

Elizabeth, una amiga muy querida, tiene una hermana que vive en Canadá, quien le contó la insólita historia ocurrida recientemente en Peterborough, Ontario, Canadá, de la “sinagoga musulmana”. Hoy la comento porque tiene un poderoso mensaje para el mundo, especialmente en estos días de Navidad y Año Nuevo que se aproximan.

El sábado 14 de noviembre, luego de los atentados en París, la mezquita Masjid Al Salam, la Mezquita de la Paz, en Peterborough, una ciudad con 75 mil habitantes, fue blanco de una bomba molotov que la incendió. Los fieles que se encontraban allí tuvieron que salir huyendo entre las llamas para ponerse a salvo. Esa mezquita es la única que sirve a la comunidad musulmana canadiense de la ciudad. La policía, en una conferencia de prensa, se refirió al atentado como “un crimen de odio”. El jefe policial, Murray Rodd, dijo que el ataque a una de las comunidades étnicas de Peterborough “era un ataque para todos porque todos eran canadienses”.

El presidente de la sinagoga Beth Israel, Larry Gillman, al conocer el ataque a la mezquita reunió a sus directivos y les preguntó si ellos aprobarían compartir su sinagoga con sus hermanos musulmanes mientras la mezquita era reconstruida. ¡La junta directiva aprobó la sugerencia de inmediato y por unanimidad! Gillman manifestó a los medios de prensa: “No es cuestión de raza o de religión. Los canadienses actuamos así”. En 24 horas todo cambió. La comunidad judía se acercó a la musulmana para preguntarles en qué podían ayudarlos. Kenzu Abdella, el presidente que administra la mezquita, conmovido por ese acto de semejante generosidad comentó que “ las comunidades judías y las musulmanas tenían más elementos en común que diferencias y recordó que las mezquitas, como las sinagogas, eran por encima de todo “la casa de Dios”.

El pasado 27 de noviembre la sinagoga Beth Israel “ofreció al mundo una increíble lección de buena voluntad para sembrar la paz”, susurró el Clarinero. Abrió sus puertas a los fieles musulmanes para que llegaran a rezar. Un alegre letrero, pintado por los niños judíos, les recibía con un ¡Bienvenidos Amigos! Ese mismo día por la noche las dos comunidades, judía y musulmana, se reunieron para cenar juntos. Los jóvenes judíos se movilizaron y recaudaron en pocos días US$110 mil, US$30 mil más de lo que se necesitaba. En las dos primeras semanas de diciembre, Larry Gillman ha sido invitado por el Instituto Musulmán de Toronto para dar varias conferencias, y ahora integra el grupo del diálogo interreligioso auspiciado por los refugiados sirios que han llegado a Canadá.

Las comunidades judía y musulmana de Peterborough han sentado un precedente sobre cómo estrechar los lazos para sembrar la paz a través del diálogo y la interacción social. Su ejemplo señala un nuevo camino opuesto a la visión racista, xenófoba, que le hace “el juego” a los terroristas en Occidente. Peterborough es un pequeño gran ejemplo de cómo las comunidades en el mundo pueden “blindarse” de atentados terroristas cobardes que se enfocan en atacar a inocentes civiles. La unión fortalece. Impide que el tejido social en una comunidad sea minado por el miedo y la desconfianza. El joven activista Alnoor Ladha lo plantea bien cuando dice: “Otro mundo es posible. No porque podamos desarrollar teorías sobre él, sino porque las semillas de su potencial ya existen en nuestro ser colectivo”.

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!