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12/01/13 - 00:06 Opinión

EDITORIAL

Una tarea que sigue pendiente

El pasado jueves se pudo observar en casi todos los medios de comunicación una escena impactante, y fue la de un pequeño, que no había cumplido los 3 años de edad, junto a dos cadáveres, el de la madre y un hombre, que horas antes habían recibido una cruel muerte a manos de sicarios, quienes los interceptaron en un tramo de la ruta a El Salvador. La conmoción por ese nuevo hecho de sangre y el desamparo en que quedaba el niño trascendieron por la crudeza del crimen, que se suma al cotidiano flagelo.

Lo preocupante es que esos ya no resultan sucesos aislados, sino que se han vuelto demasiado frecuentes, y si bien la cifra de homicidios ha marcado un leve descenso en la estadística oficial, la inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones en el país, porque a la ola de muertes violentas se suma el diario tormento que se vive en calles y avenidas de la capital, donde no cesan los asaltos y el robo de celulares, entre otros actos ilícitos, sin que haya visos de solución.

Demasiadas muertes ocurren en este país, y en la mayoría de esos indicadores la violencia desbordada es el denominador común, y por ello es que hablar de una tasa de homicidios que pasa de 38 a 34 por cada cien mil habitantes resulta vergonzoso, porque un promedio diario de por lo menos 15 homicidios sigue siendo intolerable, pues eso implica que los logros todavía están muy lejos de alcanzar metas que lleven un poco de alivio a la angustia de los guatemaltecos.

Tanta violencia que termina con vidas ha causado que grandes sectores de la sociedad alcancen niveles incomprensibles de insensibilidad, simplemente porque la muerte se ha vuelto algo tan cotidiano y la capacidad de sorpresa surge solo cuando se presencian crímenes tan descarnados como el perpetrado contra esa pareja, que es apenas el más reciente en un mal inicio de año que amenaza con seguir la huella siniestra de los anteriores, bajo el dominio de la impunidad.

La trivialización avanza demasiado rápido, y buena parte de esta empieza con las mismas autoridades, que cuando ocurren hechos de sangre rápidamente caen en la ligereza de atribuirlos a grupos que se disputan mercados de drogas, diferencias entre pandillas o los califican de crímenes pasionales, sin meditar en el valor de una vida y lo que esos hechos representan para la imagen de Guatemala.

En términos prácticos, sigue ausente el modelo preventivo para reducir esos delitos, y por el contrario, con demasiada frecuencia las fuerzas de seguridad resultan atrapadas en una cultura de la reacción. Por ello se explica que en las calles los delincuentes actúen con tanta frialdad.

Las autoridades encargadas de la seguridad interna están por comenzar un segundo año de labores, y deben redoblar esfuerzos por atender el clamor de la población por que la ola delincuencial se desacelere de manera sensible, ya que hasta ahora las estadísticas no son suficientes para aplacar la percepción de inseguridad, que está en la primera línea de preocupaciones, pero también porque es intolerable que tanta muerte se tome con ligereza.

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