Opinión

LA BUENA NOTICIA

Un reino diferente

Víctor Hugo Palma Paul

Víctor Hugo Palma Paul

“El Reino de Dios crece cada día gracias a quien da testimonio de él sin hacer “ruido”, rezando y viviendo con fe sus tareas en la familia, en el trabajo, en su comunidad de pertenencia”, afirmaba el papa Francisco en una homilía con las características de su sencillez y claridad (13 de noviembre del 2013). La afirmación es un buen comentario a la escena de la Buena Noticia de hoy: Jesús realiza “algo extraordinario y que resulta ruidoso aunque no era su intención”: dio de comer a una multitud de más de cinco mil personas con los medios mínimos de dos pescados y cinco panes. La reacción popular es inmediata: este debe gobernar, pues nos ha quitado —ahora, al menos— el hambre, es la solución mágica para todas nuestras necesidades. Dice que las gentes no solo le llaman “el profeta prometido”, sino que, sin invertir de parte del Señor millones en campaña, ya querían llevárselo para hacerlo rey. Pero contra todo pronóstico de encuesta electorera, él “se retira solo a una montaña”. Así, en el relato se contraponen: 1) Lo espectacular de una acción que por sí sola logra de las gentes la aprobación y “hasta el voto político” por el que el mismo Herodes en su reino decaído hubiera suspirado tanto; 2) La actitud de Jesús, contraria al populismo y que en el fondo revela que el motivo para multiplicar los panes fue seguramente su piedad por aquellas gentes. Todos ellos ciertamente no le habían pedido almuerzo, sino lo buscaban por el alimento, por el “pan” de su palabra, pero que al final confundieron las cosas: su gesto de amor causante del milagro fue tomado como una ocasión para “elegirlo próximo rey de Israel” dando paso en sus conciencias al error de que lo inmediato y contable, lo material, vale más que lo invisible pero propio solo del espíritu humano: el pan de la verdad. Al final de su vida, aparentemente derrotado y abandonado por todos, allá el Pretorio romano, sin actuar ya milagros portentosos, Pilatos viéndole tan pobre y sencillo como para ser el peligro político de “rey o mesías” del que le acusaban, le preguntará: “¿Con que tú eres rey?”: y solo en ese momento se escuchará de sus labios la razón por la cual se apartó de las gentes aquel día luego de la multiplicación de los panes: “Es que mi reino no es de este mundo” (cfr. Juan 18, 33ss). Y es acá donde el Reino de Dios resulta diferente al mundano: no es un “espectáculo que asombra”, sino la persona sencilla del mismo Jesús, y los valores o forma de vida que él propuso siempre: la verdad, el perdón, la justicia, la paz. Nadie que se valga del asombro pasajero, de la conmoción emotiva, puede llevar a un Reino diferente de valores, sino aquel que los viva y cultive “en las cosas pequeñas de cada día”. Que la cultura del espectáculo de todo tipo (no solo el artístico, sino penosamente el religioso, el político) no oculten a la conciencia humana el deber de abstenerse de mesías que encantan pero ignoran la cruz, la entrega y la ya casi extinguida honestidad: para que las gentes no tengan que desilusionarse y volverse a casa quizás llenas estomacalmente, pero aún hambrientas de un extraño alimento, de un pan espiritual llamado la Verdad.